jueves, 18 de noviembre de 2010

Museo

Unas simples palabras tienen el poder de transformar las personas en espectros, los lugares en niebla y los momentos gratos en recuerdos, pero a pesar de todo es inevitable pronunciarlas en ciertas ocasiones... Es por eso que cuando te das cuenta que se aproximan y estás a punto de pronunciarlas estás tan asustado y ruegas que puedas postergar por unos instantes la despedida, pero finalmente todo pasa a formar parte de aquel museo que solo por ti puede ser visitado.

Ciudadanos Sin Nombre

En la ciudad nunca nombrada no eran extrañas las noches como aquella en la que el aire desprendía un halo de melancolía y misterio, y una densa bruma hacía exigir un profundo escrutinio a todo lo que estuviera a la vista poder delimitar sus contornos.
En tal lugar tampoco era nada extraño aquel grupo de personas que arribó a la ciudad de un momento a otro a altas horas de la madrugada, aunque en cualquier otra metrópolis lo hubiera sido: hombres y mujeres de diversas edades, con oscuros atuendos, mirada cabizbaja y con la espalda inclinada como si llevaran un terrible peso sobre sus hombros solo perceptible por ellos.
Lo cierto es que los individuos de esa extraña congregación tenían un propósito, un único propósito para adentrarse por las calles más oscuras y recónditas sin ser detectados por nadie más, avanzando a paso firme y decidido teniendo completamente claro cuál era su paradero y cómo llegar a éste.
A pesar de que los misteriosos sujetos emprendían el camino a pie y trasladaban sus pesadas cargas invisibles, avanzaban con una velocidad sorprendente y a un ritmo incansable, ignorando toda distracción y siempre pendientes de evitar ser vistos por los andantes nocturnos que deambulaban por las aceras a aquellas confusas horas donde solo los insomnes saben qué ocurre en las aceras. Parecían tener una motivación clara que los impulsaba a seguir.
Para ellos, lo más importante era evitar ser vistos, o su misión terminaría completamente arruinada. Nadie en la ciudad podía enterarse de que aquel grupo de forasteros había puesto sus pies en la ciudad y caminado por las mismas calles por las que los ciudadanos transitaban normalmente.
Con el paso de las horas y sin detenerse ni una vez a tomar aliento finalmente llegaron al lugar al que se dirigían: vislumbraron al frente del parque en que se encontraban refugiados tras los arboles una hilera de casas, en apariencia todas iguales aunque para ellos resultaba sencillo saber exactamente cual puerta debían golpear.
Tras cruzar sigilosamente, todos los individuos de aquella particular congregación se agruparon en torno al umbral de la casa que cada uno había identificado por su cuenta sin necesidad de pensarlo dos veces ni de preguntarle a nadie más.
Uno de ellos llamó de forma discreta hacia el interior de la casa, sin obtener respuesta. Tras algunos otros intentos con iguales resultados, los primeros atisbos de decepción se apoderaron del grupo. A pesar de que debían mantener la discreción, esto no impidió que la impaciencia se apoderara de ese conjunto de personas que nunca había puesto un pie en aquel vecindario pero que sin embargo parecían conocer como si fuera su propio lugar de origen. Así es como se dispersaron para encontrar una forma alternativa de entrar a aquella casa que albergaba el motivo de su nocturna travesía, pero sus planes se vieron frustrados pues sorprendentemente aquella casa no poseíai ventanas ni ninguna otra puerta aparte de la de la fachada. Es decir, no había forma de entrar a menos que el inquilino que todos esperaban encontrar adentro se despertara y les abriera la puerta.
De pronto las luces de las otras casas comenzaron a encenderse, y los vecinos a levantarse. El pánico se apoderó de los misteriosos caminantes y supieron en ese mismo momento que sólo poseían una posibilidad para cumplir con éxito su objetivo: gritaron con todas sus fuerzas para alarmar al habitante de la vivienda infranqueable, y justo antes de que los habitantes de aquel barrio se asomaran por las ventanas de sus casas o salieran a ver qué ocurría, la puerta finalmente fue abierta por un hombre anciano que les permitió entrar sin ser vistos.
Aquel grupo de personas había logrado la primera etapa del propósito que cimentaba su existencia, pero a partir de ese momento les aguardaba una ardua espera en el interior de aquella casa sin salida. Y eso mismo es exactamente lo que se encargó de confirmarles el hasta ahora único ocupante, quien por su aspecto parecía como si llevara toda una vida aguardando por ese momento. Y es que finalmente podía contar la historia que ahora lees pero que aún dista mucho de terminar.
Y la razón por la que cuento todo esto es bastante simple, tal como la misión de mis ahora acompañantes. Mi único propósito es ese, pues tal como todos los otros residentes de esta ciudad solo existo para cumplir un objetivo: narrar el relato de los oscuros pensamientos que avergonzados escapan de la luz del sol y buscan desesperadamente un refugio en el cual esconderse de los otros ciudadanos, esperando la llegada de sus semejantes que les permitirán desprenderse del peso que acarrea a su espaldas y perder el miedo, cuya llegada será tan repentina como la de cualquier otro caminante que ingresa a La Ciudad de Los Pensamientos.

sábado, 23 de octubre de 2010

Curiosidad

El sonido del tren aproximándose a toda velocidad, el cartel de peligro, el ruido que hacen los pasajeros y una mirada fija dirigida a los rieles bajo el andén… surge entonces una curiosidad que solo se puede intentar satisfacer una vez, al mismo tiempo que el momento se empieza a convertir en pasado y las luces del carro se deslizan por la estación mientras éste se detiene.

Y entonces la curiosidad es apaciguada para renacer con más intensidad el día siguiente.

Olvidadizo

El día del señor Pérez comenzó como cualquiera: levantándose a las seis, con un apurado café para despertar y un beso a su esposa y su pequeño hijo antes de subirse al auto y recorrer las calles donde los santiaguinos malhumorados vociferaban contra el conductor de adelante como si éste fuese el causante de todos sus problemas.

Entre todo el alboroto de pronto el señor Pérez se sorprendió al percatarse de que él también estaba gritando y dando bocinazos… En ese mismo instante recordó que se le había quedado la educación en casa, y tuvo que devolverse a buscarla.

La Línea

Siempre me he preguntado si alguno de entre todos los pasajeros que escucha día a día el típico ¡No pase la línea amarilla! alguna vez ha pensado que el asistente de andén lo dice para evitar que la gente cuerda cruce hacia la locura.
De todos modos, creo que soy el único que piensa sobre eso. Quizás en el momento adecuado no alcancé a escuchar la advertencia, y es por eso que ahora la gente me mira un poco raro.

Cada vez que me encuentro en el ajetreo del andén me pregunto si alguno de entre todos los pasajeros que escucha día a día el típico ¡No pase la línea amarilla! alguna vez ha pensado que el asistente lo dice para evitar que la gente cuerda cruce hacia la locura.
No sé qué cara debo poner cuando medito sobre eso, porque la gente me mira un poco raro.

Pozas

La lluvia recién caída dejó espejos multiformes esparcidos por todas las calles. La mayoría de los pocos caminantes que transitaban mojados a esa hora los ignoraban, mientras que algunos los miraban de soslayo y los menos se detenían y contemplaban con curiosidad las imágenes que proyectaban.

Éstos últimos, tras observar un rato, seguían con su trayecto meditando si el reflejo presenciado era lo que esperaban ver mientras el sol comenzaba a sonreír entre las nubes.

viernes, 23 de abril de 2010

Aclarecer

Hay imágenes que marcan a una persona para siempre, escenarios que una vez vividos no logramos olvidar aunque lo quisiéramos, por que el simple hecho de haberlos presenciado ya conlleva un significado que podemos tardar mucho en entender. La manera en como reaccionemos ante aquellas imágenes forja nuestra forma de ser, más aún frente a aquellas presenciadas en la infancia.

Tal es como le ocurrió a Javier Cofrey, quien cuando tenía solo once años de edad vio algo que jamás abandonaría su mente cada noche que tratara de cerrar los ojos para dormir por el resto de su vida.

Era la primera noche de sus vacaciones de invierno en aquel no tan remoto año. Al día siguiente se iría a una casa en las montañas con su familia, con todos sus preparativos listos. Sus padres se encontraban con invitados en el primer piso cuando él ya había apagado todas las luces y se encontraba acostado en su reconfortante cama, mientras afuera comenzaba a caer la lluvia de forma torrentosa. Pensaba en los planes que trazaría para las semanas venideras: las excursiones a los bosques y las montañas, la nieve que aún desconocida, la chimenea en los días más fríos y las innumerables aventuras y juegos que compartiría con sus primos.

Contemplaba el techo mientras imaginaba éstas y muchas otras formas las que se iba a divertir, cuando sus ojos por casualidad se posaron en la ventana de su cuarto situada justo frente a él y de la cual había olvidado cerrar las cortinas. Repentinamente todos sus pensamientos fueron interrumpidos, sus sentidos agudizados y el tiempo pareció detenerse. Sus ojos se quedaron fijos ante la escena que de súbito se había materializado ante él.

Apoyada en el marco, ocupando casi toda la ventana y contrastando con la pálida luna llena de aquella noche se erguía la figura de una criatura indescriptible, que en caso de que se pudiera caracterizar jamás causaría al lector el mismo efecto que tuvo sobre Javier.

Era imposible detallar la forma de aquel ser. Lo único de lo que podía estar seguro era de que algo había en la ventana, pero no de cómo era ese algo ni mucho menos qué se encontraba haciendo ahí. A grandes rasgos lo que se podía decir de aquella aparición era que poseía una silueta con proporciones humanas y de un color grisáceo. Al final de sus largas extremidades parecía poseer fuertes garras, sumadas a un par de intimidantes alas que nacían de su parte trasera y se extendían más allá de la ventana. Todo era extremadamente ambiguo debido a que se confundían los contornos con la penumbra que proyectaba aquel ser sobre la habitación al tapar las luces.

Lo más impactante de aquella criatura era la rigidez con que mantenía su posición y el hecho de que no hacía más que mirar fijamente a Javier, con un par de ojos que desprendían un brillo rojizo y parecían clavarse en los propios del niño como si estuvieran buscando algo en sus pupilas.

Javier no supo qué hacer en ese momento. Sentía algo, pero no era miedo. Tampoco pudo pensar en nada: solo se limitó a devolverle la mirada a aquella criatura. Por un momento le surgió la duda de que podía ser un producto de su propia imaginación, pero descartó esa idea pues jamás sería posible de evocar una imagen tan impactante como aquella ni de producir un sentimiento tan inexplicable como el que experimentaba.

Pensó también que quizás podía ser una broma de alguien, pero era lo más absurdo pues la lluvia afuera era intensa y no conocía a nadie en los alrededores que pudiera desear hacerle eso.

Estaba presenciando algo que jamás pensó que fuera posible, y sin embargo ahí lo tenía frente a sus ojos. No fue capaz de ejercer un solo movimiento ni emitir sonido alguno mientras su mirada se cruzaba con la de aquel ser. Tras unos momentos solo pudo atinar a cubrirse enteramente con las sábanas para interrumpir el contacto visual, y trató de quedarse dormido sabiendo que la criatura seguía frente a él y en cualquier momento lo podría atacar sorprendiéndolo desprevenido si lo deseara.
Pasaron interminables segundos, eternos minutos e infinitas horas hasta que finalmente se quedó dormido, aún con aquel sentimiento que no era capaz de describir. Aquella noche no tuvo ningún sueño. Tampoco pesadillas.

Al día siguiente abrió los ojos pensando que aquel ente seguiría en la ventana contemplándolo, pero al destaparse las sábanas ya no seguía ahí. Todo parecía normal, como cualquier día de vacaciones, y no le comentó a sus padres lo presenciado la noche anterior, pues sabía que no lograría nada al hacerlo ya que no sería capaz de relatar la situación ni de transmitir unos sentimientos que le resultaban imposibles de describir. Se decidió a pensarlo por unos días, pues necesitaba entender que era aquello que había experimentado y más aún la extraña sensación que le produjo la mirada de esa criatura.

En los días que siguieron, sin embargo, tampoco pudo ser capaz de entender nada de lo ocurrido. Finalmente se terminó convirtiendo en un secreto, el cual reveló a una sola persona en su debido momento. Esta frustración terminó por distanciarlo de los demás, ya que sentía que jamás sería capaz de transmitir sus sentimientos. Un vacío surgió en su interior, el cual lo llevó a decidirse por sobre todas las cosas a finalmente lograr explicar y describir aquella escena que nunca olvidaba, para de esa manera poder suplirlo.

Fue así como se adentró en el mundo de los libros y las palabras en la búsqueda de las adecuadas que parecían inexistentes. Con el pasar de los años tampoco las halló, pero fue como gracias a esto llegó a convertirse en profesor de lengua, con el objetivo de poder evitar que sus alumnos sintieran como él aquella sensación de no poder comunicar sus sentimientos.


A medida que transcurrió el tiempo fue adquiriendo más experiencia y le tocó ser el profesor principal de un curso de quinto año, compuesto por una veintena de niños. Era de especial significancia para Javier el tener aquel curso, pues los alumnos tenían la edad que él tuvo aquella noche que una imagen cambió su vida. Como maestro se desempeñaba bien y era apreciado por aquellos a quienes enseñaba, pues se preocupaba por ellos y en la medida de lo que fuera posible hacía todo lo que podía para enseñarles a expresarse y evitar que sientan los tormentos de imágenes que nunca lograrían entender.

Al final de aquel año organizó junto a sus alumnos un paseo en el que se empeñó por que asistieran todos. Al ser estimado por ellos logro convencerlos, asegurando de que era una excelente oportunidad para poder compartir en armonía y tener instancias para conocerse mejor.

Hubo solo un alumno que no logró convencer, llamado Dan. De entre todos sus estudiantes él era el que más le preocupaba, pues siempre se mostraba distante y en numerosas ocasiones había sorprendido a un grupo que lo molestaba constantemente y que casi siempre pasaban sin advertencia. A decir verdad, le recordaba mucho a él mismo.

Su reticencia a asistir a aquel paseo era comprensible, pensó Javier, pero un día habló a solas con él y le prometió que se encargaría personalmente de que no le molestaran. Le aseguró que su intención era poder acercar un poco más a todo el grupo de alumnos entre sí, y de esa manera quizás lograría que no lo volvieran a molestar. Finalmente Dan accedió a ir, con sus dudas siempre latentes pero confiando en las palabras del profesor.

Tras los numerosos preparativos que incluían entre otras cosas autorizaciones, organización y el compromiso de dos padres para asistir junto al profesor, finalmente salieron con rumbo a unas cabañas cerca de un lago y un bosque que parecían el lugar perfecto para incursiones de ese tipo, donde además se podría encontrar a otros grupos similares con los que interactuar.

El viaje consistiría en unos cinco días, donde el centro recreacional al que asistían tenía organizadas algunas actividades ideadas especialmente para ocasiones como aquellas. Los primeros días transcurrieron con normalidad, sin ningún hecho digno de mención.

Este paseo carecería de importancia si no fuera porque hubo una noche donde inesperadamente Javier Cofrey comprendió el pleno significado de por qué había llegado a convertirse en profesor y le encontró un significado trascendental a por que se encontraba ahí.

Fue la noche del cuarto día. Tras revisar que todo se encontraba en orden y que no habría nada de qué preocuparse, se percató de que un grupo de niños que no pudo reconocer se dirigía a una de las cabañas donde dormían los alumnos. Le pareció muy extraño porque ya había verificado que todos estuvieran en sus respectivos dormitorios, por ende aquel grupo no podría haber pertenecido a estudiantes de su curso, a menos que de alguna forma hayan logrado escabullirse.

Javier notó que en aquel momento no había nadie más por los alrededores aparte de él y el misterioso grupo, por lo que se decidió a seguirlos para ver que tramaban. Mayores preocupaciones no cruzaron por su mente pues al tratarse de niños de once o doce años no podía ser nada grave, lo más probable que algún tipo de broma que al menos él iba a tratar de evitar.
Al acercarse a ellos, antes de que pudiera hacer notar su presencia y llamarlos vio como entraban a una habitación que en aquel momento recordó que pertenecía a Dan. Esto lo alertó puesto que de todos sus alumnos, él era siempre la víctima de las bromas más pesadas.

Rápidamente los siguió y pretendía sorprenderlos antes de que pudieran llegar a hacer nada sospechoso, cuando tras entrar a la habitación en la que los misteriosos niños habían ingresado unos instantes antes se percató de que ésta estaba vacía. No había nadie a excepción de Dan que se encontraba despierto y no le prestó ninguna intención, pues tenía los ojos fijamente clavados en la ventana frente a él, abierta debido a que era una noche calurosa. Javier siguió su línea de visión hasta que su mirada se encontró con la imagen que su alumno contemplaba.

Aquella ventana, más que mostrar el paisaje nocturno, revelaba el panorama interno de la mente del joven profesor. Y es que entre los marcos estaba exactamente la misma imagen que había contemplado años atrás y que jamás había podido ser capaz de describir, a pesar de que nunca dejaba de pensar en ella.

Frente a ambos, alternando su mirada, se encontraba la criatura indescriptible.

Javier no fue capaz de reaccionar de ninguna forma, tal como la primera vez. Solo se quedo ahí contemplándola fijamente, mientras a su cabeza afluían un sinfín de interrogantes acerca de aquel ser: ¿qué era?, ¿por qué lo miraba fijamente?, ¿qué podía hacerle?

A pesar del aspecto terrorífico de la criatura en ningún momento tuvo miedo de que lo atacara. No… su temor era distinto. Un pensamiento fugaz cruzó su mente, mientras el efímero choque de miradas con aquellos ojos de brillo rojizo se vio interrumpido al encenderse repentinamente la luz de la habitación, encandilando a Javier y obligándolo a cerrar sus ojos.

Al abrirlos, la figura de la ventana ya no estaba. La forma como habría desaparecido, a pesar de ser intrigante, en aquel momento no tenía ninguna importancia. Lo realmente relevante es que al encenderse aquellas luces la habitación en que estaban no fue la única en aclarecer, sino que también en aquel momento la oscuridad de las dudas en la mente de Javier se disipó. Fue entonces cuando Javier entendió con absoluta claridad el significado de lo que había presenciado ya en dos ocasiones.

Comprendió que jamás podía estar seguro de si existían o no aquellos seres indescriptibles, pero de lo que si podía estar seguro es que siempre habrá gente que insertará ese tipo de imágenes en la mente de las personas sin saber el daño que se causa. Javier, que desde pequeño fue testigo de cómo especialmente los niños pueden sufrir esto, comprendió que la verdadera razón por la que era ahora un profesor consistía en evitar que sus alumnos jamás sufrieran las consecuencias irremediables de contemplar esas imágenes. Porque el mayor miedo que se puede experimentar en cualquier situación está lejos de ser el temor a la muerte, sino que a la posibilidad de que aquella instancia se quede grabada en nuestra memoria para siempre y jamás deje de quitarnos el sueño.

Estaba absorto en aquella idea hasta que recordó que no estaba solo en esa habitación, y al voltearse se dio cuenta de que fue Dan quien había encendido las luces.

No parecía manifestar temor alguno, y su semblante más bien reflejaba tranquilidad. Aquel niño, que ahora había experimentado lo mismo que el, tuvo una reacción muy distinta. Algo había cambiado en él… su mente también tuvo aclarecer. Ahora no se arrepentía de haber asistido a aquel viaje, puesto que a pesar de ser el niño que siempre era objeto de las bromas y creer que todas las personas pueden ser malvadas, el contar con el apoyo del profesor en aquella escena que jamás abandonaría su mente le hizo darse cuenta de que si es posible encontrar al menos una persona con la que siempre se pueda contar en aquellas situaciones que siempre serán recordadas.

Aquella noche no se dijeron muchas palabras, pero tanto profesor como alumno pudieron descansar tranquilamente como en mucho tiempo no lo habían hecho. Nunca se encontró al grupo de niños que había entrado en la única habitación que se iluminó aquella noche.



Muchos aspectos de esta historia los he ido reconstruyendo de a poco. La he terminado hoy tras numerosas conversaciones con el profesor Cofrey, con quien aún tengo una gran amistad y gracias a quien me pude convertir en sicólogo.

Jamás olvidaré aquella imagen indescriptible, mezcla a la vez de terror y expectación. No sé si en este mundo existen cosas sobrenaturales, pero de lo que estoy seguro es que vimos aquella criatura y que una imagen grabada en la mente puede quitar el sueño por su horribilidad como a la vez es capaz de llevar a cuestionarnos sobre el significado de lo presenciado y sacar a relucir lo mejor de nosotros.

Ecos

Tomar un paseo y pensar las cosas al ritmo que nuestros pies nos quieran llevar siempre influye en las decisiones que estemos prontos a tomar. Simplemente abrir la puerta y salir a contemplar el paisaje, muchas veces parecido a aquel que se aprecia en nuestra mente, permite entender a cabalidad el panorama de nuestros pensamientos como si en vez de contemplar arboles y montañas estuviéramos ante la vista de aquello a que nuestras ideas nos quieren llevar.
Un grupo de personas llegó a creer esto en un día de aquellos que no son recordados por los actos y la rutina entablada sino por las reflexiones y conclusiones a las que finalmente llegaron.
Numerosos caminantes trazaban aquella famosa ruta turística en un valle por las afueras de un pequeño pueblo, impresionados por la grandeza del paisaje que se desplegaba a sus ojos constituyendo un escenario que nunca había presenciando al menos con sus propias retinas. Eran unas vacaciones que todos por mucho tiempo ansiaron disfrutar debido al alto agotamiento provocado por las diversas situaciones y decisiones importantes de la cotidianidad. Por eso la calma del lugar al que eran guiados tenía un efecto tan tranquilizador con el que se sentían de plena forma, sin estar seguros de si esa sería una sensación única o a la que quizás podrían llegar nuevamente. Se preguntaban, sin darse cuenta, una de las interrogantes más relevantes que puede llegar a formularse una persona.
La tranquila atmósfera del lugar evitó que se percataran de que el guía con el que habían estado durante todo el trayecto de pronto no estaba ahí. De un momento a otro, la persona que los había llevado a aquel lugar tan único al que ellos no habrían podido llegar solos ya no estaba. Solo dependía de ellos salir y quizás volver allí si es que lo deseaban. Pero ellos no se habían dado cuenta, y antes de que las penumbras de un frio anochecer los rodeara cada quien había dirigido sus pasos a los sitios de aquel valle que más los sorprendían.
Bosques, montañas, ríos, cascadas, abismos. Innumerables lugares pueden apaciguar nuestros sentidos y deslumbrar a una imaginación que finalmente pareciera canalizada en esos sitios, los cuales representan de forma plena las intenciones y pensamientos de un caminante que transita en aquel dificultoso camino que todos estamos destinados a trazar. Cada uno de los turistas se encontraba en su propio sitio ideal, en el que veían florecer todas las soluciones posibles a sus problemas. A la vez, sin embargo, era visible una cueva que inspiraba inseguridad, de una oscuridad en la que parecían desembocar todos los pensamientos negativos. A pesar del poco amparador panorama que ofrecía esta cueva en su interior, cada uno de los caminantes estaba seguro de que debía adentrarse en ella una única vez para después nunca más tener que volver a hacerlo.
A esas alturas el sol ya se había ido y hacía darse cuenta a los viajeros que ningún lugar es ideal cuando se está completamente abstracto del ambiente y para entonces ya se sentían perdidos y friolentos, ansiando reencontrarse con el guía para volver a estar a salvo. Pero era evidente que eso no pasaría al menos por esa noche, y por ende debían buscar refugio. Cada uno, entonces, se internó en las inciertas profundidades de la cueva para ampararse del frío.
En el interior la situación no parecía cambiar mucho. El frío aún era penetrante, y el sentimiento de encierro incomodaba más que el temor al aire libre. Sorpresivamente cada una de las cuevas era mucho más profunda que cualquiera de los que la habían visto por fuera pensaba, y en los rincones más remotos parecía venir un sonido extraño, mezcla de consuelo y desesperanza: era de origen humano, pero con un tono desgarrador. En aquellas situaciones en que predomina la oscuridad y soledad, como en el interior de un túnel, siempre prevalece la búsqueda de compañía. Por eso es que cada uno de los viajantes se decidió a adentrarse en las profundidades de la caverna y encontrar el origen de aquel extraño sonido, demasiado ambiguo como para identificarlo.
El cambio de las circunstancias, aún no asimilado, había hecho oscilar los sentimientos de cada uno desde la más grata comodidad hacía una amarga desolación. Al pensar en eso siempre se prefiere que el orden sea el contrario, pero aquellos pasadizos por los que transitan los estados de ánimo siempre pueden ser recorridos en el doble sentido, siendo el principal desafío viajar por el correcto. De alguna manera los turistas perdidos tenían la esperanza de poder volver a salir a un lugar como el que se encontraba por la entrada que tomaron, pero antes necesitaban entender el significado de aquel sonido proveniente del interior de aquel túnel que parecía interminable. Poco a poco este sonido se hacía más perceptible, hasta que finalmente era clara la naturaleza de éste: era un eco proveniente de cada uno de los túneles que finalmente desembocaban en un único sitio en aquella cueva de aire enrarecido y oscuridad inevitable.
Fue así como todos los caminantes se reunieron el aquel sitio, donde no solo los pasadizos confluían sino que también los miedos individuales de cada uno. Los ecos de sus pasos y el jadeo de la respiración llamaron la atención del resto desde el momento que entraron a la caverna. De esta manera es como llegaron a encontrarse, quedando finalmente todos en el fondo de una cueva con un gran número de entradas pero con una única salida, que ahora debían encontrar todos juntos de entre el gran número de pasajes.
En aquel momento en que todas sus miradas atemorizadas se cruzaron cada uno comprendió que dependía de su propia unión y trabajo conjunto el poder encontrar la salida. Ya no había un guía que les señalara el camino, ellos mismos tendrían que actuar en conjunto para poder llegar al exterior y de esa forma jamás volverían a perderse en una cueva como aquella. Habían entendido que la suma de todas las experiencias y todos los caminos tomados por los aspectos de su personalidad permitían salir de los lugares más oscuros, y es por eso que aquel conjunto de caminantes jamás volvería a separarse como tampoco lo hacen nuestras emociones.
Finalmente encontraron la salida, tomando el túnel por el que ninguno había transitado y llegando nuevamente a aquel valle donde todas sus percepciones se habían asombrado. Ahí estaba otra vez el paisaje que tanto los había deslumbrado, esta vez contemplado desde una nueva ubicación en la que no habían estado antes y a la vez pareciendo mucho más brillante ante la luz de un sol naciente que conoce un nuevo amanecer. Habían estado deambulando por las profundidades de aquella cueva durante toda la noche, pero nada de eso importaba porque ya se encontraban en el exterior. Ni la ausencia del guía o de un equipo de rescate afectó su renovado bienestar, pues entendían que no eran necesarios ninguno de los dos. Ahora ellos eran sus propios guías y parecía evidente que en ningún momento habían dejado de serlo, excepto en aquel momento en que todos sus pensamientos se detuvieron y solo se quedaron contemplando el paisaje, olvidándose tanto de sus otros compañeros como también del panorama. Lo importante es que finalmente volvieron a ser capaces de trazar el camino, y ahora siempre podrían volver a aquel lugar en que la mente parece converger con la realidad y las emociones parecen canalizadas en el entorno.
Muchas veces hay personas que nos pueden llevar a un lugar que queremos, pero lo importante es no perderse en aquel sitio y ser capaces de encontrar el camino de vuelta si finalmente nos perdemos. Es en aquellas situaciones en las que debemos recurrir a cada uno de los caminantes en nuestra mente y conformar el que sería el propio guía que nos guie afuera. Por ligero que sea un paseo que tomemos, siempre hay una aventura con infinidad de sitios esperando, y no precisamente lugares que se recorran con nuestros pies ni sean visibles con nuestros ojos. Lugares donde las emociones son el paisaje y son audibles los remotos ecos de nuestras intenciones.

El Galpón

Aquel selecto grupo reunido no tenía idea de por qué había sido convocado bajo circunstancias tan especiales y de forma tan repentina. Nadie se conocía mutuamente pero cada quien tenía una alta imagen de sí mismo y sabían que de alguna forma eran especiales, y eso se denotaba en el exterior por lo que todos pudieron apreciar y percatarse de que no eran un simple conjunto de personas reunidas por casualidad.
Había una razón para ello.
Todas las mentes, especiales a su manera y con distintas formas de pensar, no podían irse de aquel lugar tan extraño sin antes saber la razón de su convocatoria y cerciorarse de que quizás estaban frente a uno de esos acontecimientos que solo ocurren una vez en la vida y la cambian completamente.
De pronto los ecos de los murmullos y cuchicheos fueron silenciándose, y la inquietud de todos ahí se incrementó y los llevó a un fuerte estado de expectación frente a la figura que comenzaba a aparecer por un rincón del enorme galpón en que estaban.
De alguna manera a todos los presentes la persona que recién había aparecido les resultó familiar, a pesar de que jamás la habían visto en su vida.
El enigmático personaje observó detenidamente a todos y cada uno de los allí reunidos, prolongando un momento de suspenso y silencio que nadie se atrevió a interrumpir. La escena era extraña, por decir lo menos.
Tras terminar su escrutinio su mirada se perdió en un punto fijo, como si estuviera meditando. Poco a poco los presentes comenzaron a darse cuenta de que ahora estaban sometidos a su voluntad, y ya no dependía de ellos el poder emitir alguna pregunta o queja o incluso abandonar el enorme almacén. El silencio, mezcla de armonía y tensión, era totalmente controlado por aquel que se encontraba al frente de todos los demás con su rostro indicando que pronto tomaría una resolución.
La expectación ahora era sometimiento, la curiosidad anhelo. Cada una de esas mentes, pese a su única postura frente a los acontecimientos y forma de ver los problemas, estaba consciente ahora de que solo habría un escogido.
Tres, cincuenta, setenta y dos, noventa y ocho… la cantidad de individuos ahora no importaba. Era completamente irrelevante. También lo es la infinita cantidad de galpones enormes como ese mismo en que se repite una y otra vez la misma escena: un enigmático personaje controlando todo y eligiendo a uno de los asistentes, quien sería su representación el exterior de aquel lugar.
A veces estos personajes se ven en la necesidad de convocar esa reunión más de una vez, pero siempre habrá una definitiva, en que una sola persona es elegida y los demás conforman un conjunto de anonimato.
Es en esa instancia cuando todo ese grupo vuelve a ser lo que era inicialmente: ideas y proyecciones de una forma de ser.

Cambiante

Tener que estar todos los días en la misma esquina debe ser un poco aburrido, por eso es comprensible que a veces se le vea tan enojado, y créanme, cuando está así es mejor no llevarle la contraria.
Sin embargo en otras ocasiones está más alegre y en esos casos no tienes de qué preocuparte, aunque deberías hacerlo si empieza a molestarse. .. Después de todo, su estado de ánimo es muy cambiante.
Qué se le va a hacer, así es la vida del monito del semáforo.

El Aventurero

La lluvia comenzaba a caer mientras la gente transitaba apresuradamente por las calles en un solo sentido. En una hazaña digna de admiración, un valiente se intentaba abrir paso entre la multitud.
Por un instante se sentó a tomar aliento en una banca y contempló la lejanía, donde vislumbró la imponente cordillera y sintió la lluvia refrescando su cansancio. Percibió también el revitalizante aroma de las flores y una sensación de bienestar de apoderó de él.
Pensó entonces que había encontrado el tesoro que buscaba: aquel instante de tranquilidad en las tierras de la incesante actividad.

Las Hojas

Las hojas caían de los otoñales árboles de la misma forma con que las personas paseaban por el parque: lentamente, contemplando el paisaje y sintiendo la verde tranquilidad que rodeaba aquel mundo al que se enfrentarían tras haber abandonado el amparo de su rama.
El joven dibujante, que con su croquera y lápiz buscaba inspiración, de pronto se detuvo cuando una hoja cayó cerca de él.
La contempló por unos instantes, y entonces fue como si el lápiz esbozara una sonrisa de felicidad en su melancólico rostro… había encontrado su alma gemela.