Es molesta aquella sensación en la cual constantemente se cree haber olvidado algo pero no se puede saber con exactitud qué cosa, pues uno no puede sentirse satisfecho hasta el instante en que responde su duda.
Es más irritante aún cuando aquello que no se recuerda parece ser realmente importante, pero no se cuenta con el tiempo para poder sentarse a pensar y recordar. Justamente ese malestar afectaba a Gabriel al empezar aquel frío día de Agosto.
Se levantó con particular malhumor, el cual atribuyó a aquella molesta sensación de olvido que era recurrente en él aunque jamás de una forma tan intensa como la de aquella mañana, en la que tenía la certeza de que su inquietud era mucho más trascendente que en otras ocasiones, como si su vida dependiera de ello.
Además, a esa sensación se le sumaba el hecho de que estaba retrasado y debía salir a cumplir algo.
Tras la habitual rutina, acelerada más que otras veces, se dispuso a salir de su casa lo más rápido que pudo. Al exterior parecía hacer bastante frío, por lo que antes tomó su abrigo. Sintió un impulso de llevar un bolígrafo con él, pues quizás lo fuera a necesitar en el lugar a donde se dirigía. Era un recorrido al que ya estaba habituado, por lo que se sabía de memoria el trayecto, que podía alcanzar a recorrer con paso acelerado y llegar a tiempo.
A medida que iba dejando atrás las calles de la ciudad en el cielo se fuero formando densas nubes grises a la vez que amenazaba con desatar en cualquier momento un torrente de gotas a quienes se atrevieran a salir de sus casas.
Por un momento se lamentó de no haber tomado un taxi o bus, pero cuando comenzó a llover se dio cuenta de que se sentía a gusto caminando en esas condiciones, y que después de todo no importaba en nada el estado en que llegara al lugar al que se dirigía, lo que de hecho no era normal, pero no se lo cuestionó en aquel instante, lo que era muy inusual en Gabriel.
Tras acelerar aún más el paso y voltear en una esquina hacia la avenida principal, se sorprendió al ver que por las calles circulaban mucho más transeúntes que en otras ocasiones, a pesar de la lluvia. Parecía no tener sentido, pues ni siquiera era un día laboral.
Sin embargo, unos instantes después se percató del hecho que hacía a la situación tan extraña.
Todas las personas se movían en sentido opuesto a él, como si estuvieran huyendo de algo que se encontraba justamente donde se dirigía. Excepto que no iban corriendo, ni siquiera a paso rápido. Caminaban con actitud calmada. Ninguna de aquellas personas llevaba paraguas, e iban mojándose ante la lluvia sin que esto aparentara preocuparles en absoluto… aún así lo que más impactó a Gabriel fue otra cosa: Todos los transeúntes lo estaban observando a él.
Cuando se dio cuenta de aquello, lo primero que pensó es que había algo malo con su apariencia. Luego descartó esa posibilidad, pues las personas no parecían reírse ni tampoco mostraban desprecio. Era algo muy distinto.
Inmediatamente pensó en que se relacionaba con aquella molesta sensación de olvido que lo acompañaba desde el despertar de aquel día.
Al pensar en ello se sintió más incomodo que nunca, pues de alguna forma la sensación se había intensificado. Ahora no solo era una contrariedad pasajera, ya que tuvo la certeza de que venía desde mucho antes, sin tener la certeza del origen de ella.
En aquel momento la extraña situación en la cual él era el eje de atención de todos quienes lo rodeaban simplemente lo sobrepasó: Gabriel no podía explicarse porqué estaba atrapado en aquella colosal red compuesta de miradas centradas en él. Éstas habían sacado a la superficie un sentimiento que parecía estar prisionero dentro de él desde hacía bastante tiempo y del que no se había percatado, pero en el momento de salir a la superficie lo pilló totalmente de sorpresa.
Pronto pudo darse cuenta de qué era ese sentimiento: un frío interior que jamás había sentido de manera tan intensa. Como mil lanzas de hielo que rozaban ligeramente la superficie de su piel sin lastimarla, que iban enfriando su cuerpo lentamente robándole el aliento de manera mucho más dolorosa.
Trató de buscar una explicación al devolver la mirada a las otras personas, encontrándose con que éstas no tenían una actitud hostil ni de desconfianza. De hecho, todos quienes lo rodeaban parecían estar tristes y a la vez tratando de comunicarle algo que no podían decir mediante palabras.
La desesperación aumentó cuando se dio cuenta de que no podía dejar de correr y poco a poco iba dejando a todos atrás. Trató de voltearse a preguntar quienes eran o por qué lo observaban así, pero fue inútil: por más que gritara no obtuvo palabra por respuesta. Los misteriosos transeúntes seguían caminando lentamente en dirección opuesta a él y sin hacer otra cosa más que girar la cabeza para observarlo por última vez antes de perderse de vista al doblar –curiosamente todos- en una de las tantas calles por las que él había pasado recién.
Llegó un instante en que Gabriel solo podía visualizar a unas pocas personas, todas ellas manteniendo la mirada de súplica y tristeza.
Antes de que el último grupo se perdiera de vista, transcurrió un ínfimo instante en el cual se percató de que una de las personas le resultaba familiar.
Tras unos instantes, pudo darse cuenta de que la sensación de familiaridad era común a todas las personas de aquel último grupo de gente visible en la inmensidad del asfalto.
A su mente afluyeron varias imágenes en las que se veía a si mismo con todos aquellos transeúntes que habían pasado en distintas situaciones, todas ellas de alguna u otra forma agradables o de gran significancia para él.
No tardó en percatarse de que estaba desempolvando los recuerdos que había guardado en lo más recóndito de su memoria, el cual no exploraba hacía años.
Fue entonces cuando entendió todo.
El impacto de la revelación le hizo perder el equilibrio… no pudo evitar precipitarse en el piso resbaladizo, por lo que cayó de bruces y con gran estrépito sobre un charco en la acera.
Quedó completamente empapado, pero en aquel instante eso estaba lejos de importarle, puesto que por su mente cruzaba una preocupación mucho mayor: se había dado cuenta de que todas las personas que había visto pasar hacía unos momentos eran las mismas que lo habían acompañado en momentos significativos de su vida, y con quienes había formado fuertes lazos que el tiempo se había encargado de desgastar hasta el extremo, puesto que con todas había perdido el contacto hacía años.
Era obvio entonces el sentimiento de familiaridad: aquellos transeúntes habían sido importantes en distintas etapas de su vida, sin embargo ahora estaban a punto adentrarse en una lóbrega callejuela que los conduciría al olvido definitivo.
Su situación no podía ser más simbólica: se encontraba tirado en el piso, completamente empapado, arrepentido de que el curso de las cosas lo hayan llevado a alejarse completamente de todos aquellos quienes le habían importado. Parecía que ya no podía caer más bajo, como si el camino de aislamiento que había tomado ya no tuviera vuelta atrás. El centrarse demasiado en las obligaciones y dejar de intentar entablar conversaciones con los demás, sin preocuparse por ellos, finalmente lo habían llevado a aquel nefasto estado.
Para cuando se hubo recobrado, se dio cuenta de que ya había llegado a su destino. En ningún momento desde que había cruzado la puerta de su casa se cuestionó hacia donde se dirigía: lo sabía intuitivamente, cada paso que daba lo guiaba de manera inconciente al lugar donde se encontraba ahora, así como a su situación de absoluta desolación.
Analizó el entorno que lo rodeaba: todo parecía normal. La lluvia continuaba, solo que parecía haber aumentado en intensidad tal como la sensación de culpa de Gabriel. La visibilidad era escasa por los grandes nubarrones grises en el cielo, pero pudo ubicarse cerca de un faro del alumbrado público próxima a una bifurcación de la acera.
Ubicó un sitio donde poder sentarse al resguardo de la lluvia. Sabía que en ese momento se encontraba totalmente perdido, no solo geográficamente sino que también en su conciencia.
Parecían no quedar posibilidades de poder recuperar todas las amistades que había entablado en su vida y había perdido con el paso del tiempo, llevando su vida centrada en obligaciones y trivialidades sin darse el tiempo para seguir pendiente de aquellos lazos que había sembrado con el tiempo, y que parecían ahora estar para siempre marchitos.
Al estar pensando lo que haría a continuación para salir del estado en que se encontraba, tardó en percatarse de que a un escaso palmo de distancia de él había un pequeño cuadernillo que había alcanzado a salvarse del aguacero y aún parecía servir.
Tenía todas sus páginas en blanco, como si alguien lo hubiera desechado sin siquiera abrirlo ni escribir una mínima línea. La idea de que aquella libreta estaba ahí esperando su llegada le pareció bastante descabellada a Gabriel, pero de alguna forma comenzó a creerla como única respuesta a su hallazgo.
En el momento en que observó las paginas en blanco éstas parecían agradecerle el haberlas rescatado del inminente paso del agua, y de alguna manera le pedían que las acariciara con la suavidad de la tinta. Sintió un incontrolable impulso de escribir sobre aquellas páginas. Sacó el bolígrafo que se había echado en el bolsillo del abrigo sin saber por qué al momento de salir, y al momento de plasmar la primera frase -Los Transeúntes- se dio cuenta de qué era lo que debía hacer y por qué precisamente en aquel lugar.
Estaba ahí para escribir la historia de como había llegado a encontrarse empapado de soledad y aislamiento, dejando atrás los últimos vestigios de relaciones humanas que había en su vida. Todo eso se debía al ritmo de vida que había seguido, quizás sin la intención pero tampoco percatándose del oscuro camino que tomaba, así como también del hecho de que se había rendido a la hora de poder comunicarse con los demás, pensando que quizás sin las palabras pero con las expresiones pudiera decir que aún era el mismo.
Pero fue un tonto al creer en que solo las intenciones cuentan, puesto que no sirven de nada si es que los demás no pueden darse cuenta de ellas al no existir ningún contacto.
Estuvo largo rato escribiendo, pensando en cada palabra, dándose cuenta de que no debía ser el protagonista de su historia, puesto que ya había pensado demasiado en sí mismo. Debía escribir desde otra perspectiva, poniéndose en el lugar de todos aquellos a quienes había defraudado.
Una vez hubo llegado al punto en que expresó todo su arrepentimiento y tristeza por su situación se quedó un largo rato sentado donde mismo, apenas librándose de las gotas que caían a su alrededor y pensando en qué haría a continuación.
Las opciones eran bastante reducidas: podía seguir sentado ahí hasta desmayarse por el frío o continuar por uno de los dos caminos de la bifurcación. Uno de los caminos pasaba por un barrio muy peligroso y no conducía a ninguna parte. La otra extensión jamás la había recorrido… aunque de alguna manera parecía conocerla intuitivamente.
Tras observar sus opciones se dio cuenta de que no tenía nada que perder, puesto que ya no podía caer más bajo. Tomaría el camino desconocido, puesto que quizás lo llevaría a algún lugar en el que de alguna forma podría sentirse mejor.
Al momento de doblar la esquina fue cuando Gabriel…o más bien dicho, yo, pude percatarme de que aún existía una remota posibilidad de recuperar todo lo perdido, aunque no sería fácil.
La calle por la que ahora circulaba me llevaría directamente a aquella a la que habían doblado todos los transeúntes que minutos antes me habían clavado lanzas de hielo, y en la que podría reencontrarme con ellos.
En ese momento no podía correr, puesto que la caída me había dejado los pies adoloridos, pero comprendí que de todos modos no hubiera servido de nada, puesto que no debía apresurarme.
Aún podía volver a hablar con todas aquellas personas que dejé de lado y que se preocuparon por mí, las cuales hicieron un último intento de no perderme al ir a buscarme en la calle a la que yo estaba decidido a nunca más volver.
Esta vez ya tenía claro lo que debía hacer, además de que solo dependía de mi iniciativa.
Volvería a sembrar los vínculos de todas las relaciones que me acompañarían por el resto de mi vida, tratando de volver a aquel lugar olvidado del que me aparté, pero que ahora recuerdo. Por fin se ha esfumado la molesta sensación con la que empecé el día, o más bien con la que tomé la calle de la que durante varios años no salí.
El lugar al que ahora quiero volver es el único en que me he sentido verdaderamente a gusto en mi vida, solo que en él no estaba solo, sino que con todas las personas con quienes me crucé hoy, y a las que recordaré por siempre puesto que ahora he escrito sus nombres con la tinta del arrepentimiento en la libreta que ahora llevo bajo mi abrigo.
jueves, 4 de junio de 2009
Ejecución
El misterioso personaje que caminaba como si llevara un gran peso consigo dio la vuelta a la esquina y se detuvo a observar su entorno.
Tras asegurarse de que estaba solo, llevó a cabo la difícil decisión que había tomado y asesinó a su sombra arrojándola a las fauces del único farol en funcionamiento.
Luego, sumido en plena oscuridad, emprendió la huida a paso ligero sabiendo por dentro que estaba libre de culpa y que en este caso el fin justificaba los medios.
Tras asegurarse de que estaba solo, llevó a cabo la difícil decisión que había tomado y asesinó a su sombra arrojándola a las fauces del único farol en funcionamiento.
Luego, sumido en plena oscuridad, emprendió la huida a paso ligero sabiendo por dentro que estaba libre de culpa y que en este caso el fin justificaba los medios.
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