El día del señor Pérez comenzó como cualquiera: levantándose a las seis, con un apurado café para despertar y un beso a su esposa y su pequeño hijo antes de subirse al auto y recorrer las calles donde los santiaguinos malhumorados vociferaban contra el conductor de adelante como si éste fuese el causante de todos sus problemas.
Entre todo el alboroto de pronto el señor Pérez se sorprendió al percatarse de que él también estaba gritando y dando bocinazos… En ese mismo instante recordó que se le había quedado la educación en casa, y tuvo que devolverse a buscarla.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario