viernes, 23 de abril de 2010

Aclarecer

Hay imágenes que marcan a una persona para siempre, escenarios que una vez vividos no logramos olvidar aunque lo quisiéramos, por que el simple hecho de haberlos presenciado ya conlleva un significado que podemos tardar mucho en entender. La manera en como reaccionemos ante aquellas imágenes forja nuestra forma de ser, más aún frente a aquellas presenciadas en la infancia.

Tal es como le ocurrió a Javier Cofrey, quien cuando tenía solo once años de edad vio algo que jamás abandonaría su mente cada noche que tratara de cerrar los ojos para dormir por el resto de su vida.

Era la primera noche de sus vacaciones de invierno en aquel no tan remoto año. Al día siguiente se iría a una casa en las montañas con su familia, con todos sus preparativos listos. Sus padres se encontraban con invitados en el primer piso cuando él ya había apagado todas las luces y se encontraba acostado en su reconfortante cama, mientras afuera comenzaba a caer la lluvia de forma torrentosa. Pensaba en los planes que trazaría para las semanas venideras: las excursiones a los bosques y las montañas, la nieve que aún desconocida, la chimenea en los días más fríos y las innumerables aventuras y juegos que compartiría con sus primos.

Contemplaba el techo mientras imaginaba éstas y muchas otras formas las que se iba a divertir, cuando sus ojos por casualidad se posaron en la ventana de su cuarto situada justo frente a él y de la cual había olvidado cerrar las cortinas. Repentinamente todos sus pensamientos fueron interrumpidos, sus sentidos agudizados y el tiempo pareció detenerse. Sus ojos se quedaron fijos ante la escena que de súbito se había materializado ante él.

Apoyada en el marco, ocupando casi toda la ventana y contrastando con la pálida luna llena de aquella noche se erguía la figura de una criatura indescriptible, que en caso de que se pudiera caracterizar jamás causaría al lector el mismo efecto que tuvo sobre Javier.

Era imposible detallar la forma de aquel ser. Lo único de lo que podía estar seguro era de que algo había en la ventana, pero no de cómo era ese algo ni mucho menos qué se encontraba haciendo ahí. A grandes rasgos lo que se podía decir de aquella aparición era que poseía una silueta con proporciones humanas y de un color grisáceo. Al final de sus largas extremidades parecía poseer fuertes garras, sumadas a un par de intimidantes alas que nacían de su parte trasera y se extendían más allá de la ventana. Todo era extremadamente ambiguo debido a que se confundían los contornos con la penumbra que proyectaba aquel ser sobre la habitación al tapar las luces.

Lo más impactante de aquella criatura era la rigidez con que mantenía su posición y el hecho de que no hacía más que mirar fijamente a Javier, con un par de ojos que desprendían un brillo rojizo y parecían clavarse en los propios del niño como si estuvieran buscando algo en sus pupilas.

Javier no supo qué hacer en ese momento. Sentía algo, pero no era miedo. Tampoco pudo pensar en nada: solo se limitó a devolverle la mirada a aquella criatura. Por un momento le surgió la duda de que podía ser un producto de su propia imaginación, pero descartó esa idea pues jamás sería posible de evocar una imagen tan impactante como aquella ni de producir un sentimiento tan inexplicable como el que experimentaba.

Pensó también que quizás podía ser una broma de alguien, pero era lo más absurdo pues la lluvia afuera era intensa y no conocía a nadie en los alrededores que pudiera desear hacerle eso.

Estaba presenciando algo que jamás pensó que fuera posible, y sin embargo ahí lo tenía frente a sus ojos. No fue capaz de ejercer un solo movimiento ni emitir sonido alguno mientras su mirada se cruzaba con la de aquel ser. Tras unos momentos solo pudo atinar a cubrirse enteramente con las sábanas para interrumpir el contacto visual, y trató de quedarse dormido sabiendo que la criatura seguía frente a él y en cualquier momento lo podría atacar sorprendiéndolo desprevenido si lo deseara.
Pasaron interminables segundos, eternos minutos e infinitas horas hasta que finalmente se quedó dormido, aún con aquel sentimiento que no era capaz de describir. Aquella noche no tuvo ningún sueño. Tampoco pesadillas.

Al día siguiente abrió los ojos pensando que aquel ente seguiría en la ventana contemplándolo, pero al destaparse las sábanas ya no seguía ahí. Todo parecía normal, como cualquier día de vacaciones, y no le comentó a sus padres lo presenciado la noche anterior, pues sabía que no lograría nada al hacerlo ya que no sería capaz de relatar la situación ni de transmitir unos sentimientos que le resultaban imposibles de describir. Se decidió a pensarlo por unos días, pues necesitaba entender que era aquello que había experimentado y más aún la extraña sensación que le produjo la mirada de esa criatura.

En los días que siguieron, sin embargo, tampoco pudo ser capaz de entender nada de lo ocurrido. Finalmente se terminó convirtiendo en un secreto, el cual reveló a una sola persona en su debido momento. Esta frustración terminó por distanciarlo de los demás, ya que sentía que jamás sería capaz de transmitir sus sentimientos. Un vacío surgió en su interior, el cual lo llevó a decidirse por sobre todas las cosas a finalmente lograr explicar y describir aquella escena que nunca olvidaba, para de esa manera poder suplirlo.

Fue así como se adentró en el mundo de los libros y las palabras en la búsqueda de las adecuadas que parecían inexistentes. Con el pasar de los años tampoco las halló, pero fue como gracias a esto llegó a convertirse en profesor de lengua, con el objetivo de poder evitar que sus alumnos sintieran como él aquella sensación de no poder comunicar sus sentimientos.


A medida que transcurrió el tiempo fue adquiriendo más experiencia y le tocó ser el profesor principal de un curso de quinto año, compuesto por una veintena de niños. Era de especial significancia para Javier el tener aquel curso, pues los alumnos tenían la edad que él tuvo aquella noche que una imagen cambió su vida. Como maestro se desempeñaba bien y era apreciado por aquellos a quienes enseñaba, pues se preocupaba por ellos y en la medida de lo que fuera posible hacía todo lo que podía para enseñarles a expresarse y evitar que sientan los tormentos de imágenes que nunca lograrían entender.

Al final de aquel año organizó junto a sus alumnos un paseo en el que se empeñó por que asistieran todos. Al ser estimado por ellos logro convencerlos, asegurando de que era una excelente oportunidad para poder compartir en armonía y tener instancias para conocerse mejor.

Hubo solo un alumno que no logró convencer, llamado Dan. De entre todos sus estudiantes él era el que más le preocupaba, pues siempre se mostraba distante y en numerosas ocasiones había sorprendido a un grupo que lo molestaba constantemente y que casi siempre pasaban sin advertencia. A decir verdad, le recordaba mucho a él mismo.

Su reticencia a asistir a aquel paseo era comprensible, pensó Javier, pero un día habló a solas con él y le prometió que se encargaría personalmente de que no le molestaran. Le aseguró que su intención era poder acercar un poco más a todo el grupo de alumnos entre sí, y de esa manera quizás lograría que no lo volvieran a molestar. Finalmente Dan accedió a ir, con sus dudas siempre latentes pero confiando en las palabras del profesor.

Tras los numerosos preparativos que incluían entre otras cosas autorizaciones, organización y el compromiso de dos padres para asistir junto al profesor, finalmente salieron con rumbo a unas cabañas cerca de un lago y un bosque que parecían el lugar perfecto para incursiones de ese tipo, donde además se podría encontrar a otros grupos similares con los que interactuar.

El viaje consistiría en unos cinco días, donde el centro recreacional al que asistían tenía organizadas algunas actividades ideadas especialmente para ocasiones como aquellas. Los primeros días transcurrieron con normalidad, sin ningún hecho digno de mención.

Este paseo carecería de importancia si no fuera porque hubo una noche donde inesperadamente Javier Cofrey comprendió el pleno significado de por qué había llegado a convertirse en profesor y le encontró un significado trascendental a por que se encontraba ahí.

Fue la noche del cuarto día. Tras revisar que todo se encontraba en orden y que no habría nada de qué preocuparse, se percató de que un grupo de niños que no pudo reconocer se dirigía a una de las cabañas donde dormían los alumnos. Le pareció muy extraño porque ya había verificado que todos estuvieran en sus respectivos dormitorios, por ende aquel grupo no podría haber pertenecido a estudiantes de su curso, a menos que de alguna forma hayan logrado escabullirse.

Javier notó que en aquel momento no había nadie más por los alrededores aparte de él y el misterioso grupo, por lo que se decidió a seguirlos para ver que tramaban. Mayores preocupaciones no cruzaron por su mente pues al tratarse de niños de once o doce años no podía ser nada grave, lo más probable que algún tipo de broma que al menos él iba a tratar de evitar.
Al acercarse a ellos, antes de que pudiera hacer notar su presencia y llamarlos vio como entraban a una habitación que en aquel momento recordó que pertenecía a Dan. Esto lo alertó puesto que de todos sus alumnos, él era siempre la víctima de las bromas más pesadas.

Rápidamente los siguió y pretendía sorprenderlos antes de que pudieran llegar a hacer nada sospechoso, cuando tras entrar a la habitación en la que los misteriosos niños habían ingresado unos instantes antes se percató de que ésta estaba vacía. No había nadie a excepción de Dan que se encontraba despierto y no le prestó ninguna intención, pues tenía los ojos fijamente clavados en la ventana frente a él, abierta debido a que era una noche calurosa. Javier siguió su línea de visión hasta que su mirada se encontró con la imagen que su alumno contemplaba.

Aquella ventana, más que mostrar el paisaje nocturno, revelaba el panorama interno de la mente del joven profesor. Y es que entre los marcos estaba exactamente la misma imagen que había contemplado años atrás y que jamás había podido ser capaz de describir, a pesar de que nunca dejaba de pensar en ella.

Frente a ambos, alternando su mirada, se encontraba la criatura indescriptible.

Javier no fue capaz de reaccionar de ninguna forma, tal como la primera vez. Solo se quedo ahí contemplándola fijamente, mientras a su cabeza afluían un sinfín de interrogantes acerca de aquel ser: ¿qué era?, ¿por qué lo miraba fijamente?, ¿qué podía hacerle?

A pesar del aspecto terrorífico de la criatura en ningún momento tuvo miedo de que lo atacara. No… su temor era distinto. Un pensamiento fugaz cruzó su mente, mientras el efímero choque de miradas con aquellos ojos de brillo rojizo se vio interrumpido al encenderse repentinamente la luz de la habitación, encandilando a Javier y obligándolo a cerrar sus ojos.

Al abrirlos, la figura de la ventana ya no estaba. La forma como habría desaparecido, a pesar de ser intrigante, en aquel momento no tenía ninguna importancia. Lo realmente relevante es que al encenderse aquellas luces la habitación en que estaban no fue la única en aclarecer, sino que también en aquel momento la oscuridad de las dudas en la mente de Javier se disipó. Fue entonces cuando Javier entendió con absoluta claridad el significado de lo que había presenciado ya en dos ocasiones.

Comprendió que jamás podía estar seguro de si existían o no aquellos seres indescriptibles, pero de lo que si podía estar seguro es que siempre habrá gente que insertará ese tipo de imágenes en la mente de las personas sin saber el daño que se causa. Javier, que desde pequeño fue testigo de cómo especialmente los niños pueden sufrir esto, comprendió que la verdadera razón por la que era ahora un profesor consistía en evitar que sus alumnos jamás sufrieran las consecuencias irremediables de contemplar esas imágenes. Porque el mayor miedo que se puede experimentar en cualquier situación está lejos de ser el temor a la muerte, sino que a la posibilidad de que aquella instancia se quede grabada en nuestra memoria para siempre y jamás deje de quitarnos el sueño.

Estaba absorto en aquella idea hasta que recordó que no estaba solo en esa habitación, y al voltearse se dio cuenta de que fue Dan quien había encendido las luces.

No parecía manifestar temor alguno, y su semblante más bien reflejaba tranquilidad. Aquel niño, que ahora había experimentado lo mismo que el, tuvo una reacción muy distinta. Algo había cambiado en él… su mente también tuvo aclarecer. Ahora no se arrepentía de haber asistido a aquel viaje, puesto que a pesar de ser el niño que siempre era objeto de las bromas y creer que todas las personas pueden ser malvadas, el contar con el apoyo del profesor en aquella escena que jamás abandonaría su mente le hizo darse cuenta de que si es posible encontrar al menos una persona con la que siempre se pueda contar en aquellas situaciones que siempre serán recordadas.

Aquella noche no se dijeron muchas palabras, pero tanto profesor como alumno pudieron descansar tranquilamente como en mucho tiempo no lo habían hecho. Nunca se encontró al grupo de niños que había entrado en la única habitación que se iluminó aquella noche.



Muchos aspectos de esta historia los he ido reconstruyendo de a poco. La he terminado hoy tras numerosas conversaciones con el profesor Cofrey, con quien aún tengo una gran amistad y gracias a quien me pude convertir en sicólogo.

Jamás olvidaré aquella imagen indescriptible, mezcla a la vez de terror y expectación. No sé si en este mundo existen cosas sobrenaturales, pero de lo que estoy seguro es que vimos aquella criatura y que una imagen grabada en la mente puede quitar el sueño por su horribilidad como a la vez es capaz de llevar a cuestionarnos sobre el significado de lo presenciado y sacar a relucir lo mejor de nosotros.

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