Aquel selecto grupo reunido no tenía idea de por qué había sido convocado bajo circunstancias tan especiales y de forma tan repentina. Nadie se conocía mutuamente pero cada quien tenía una alta imagen de sí mismo y sabían que de alguna forma eran especiales, y eso se denotaba en el exterior por lo que todos pudieron apreciar y percatarse de que no eran un simple conjunto de personas reunidas por casualidad.
Había una razón para ello.
Todas las mentes, especiales a su manera y con distintas formas de pensar, no podían irse de aquel lugar tan extraño sin antes saber la razón de su convocatoria y cerciorarse de que quizás estaban frente a uno de esos acontecimientos que solo ocurren una vez en la vida y la cambian completamente.
De pronto los ecos de los murmullos y cuchicheos fueron silenciándose, y la inquietud de todos ahí se incrementó y los llevó a un fuerte estado de expectación frente a la figura que comenzaba a aparecer por un rincón del enorme galpón en que estaban.
De alguna manera a todos los presentes la persona que recién había aparecido les resultó familiar, a pesar de que jamás la habían visto en su vida.
El enigmático personaje observó detenidamente a todos y cada uno de los allí reunidos, prolongando un momento de suspenso y silencio que nadie se atrevió a interrumpir. La escena era extraña, por decir lo menos.
Tras terminar su escrutinio su mirada se perdió en un punto fijo, como si estuviera meditando. Poco a poco los presentes comenzaron a darse cuenta de que ahora estaban sometidos a su voluntad, y ya no dependía de ellos el poder emitir alguna pregunta o queja o incluso abandonar el enorme almacén. El silencio, mezcla de armonía y tensión, era totalmente controlado por aquel que se encontraba al frente de todos los demás con su rostro indicando que pronto tomaría una resolución.
La expectación ahora era sometimiento, la curiosidad anhelo. Cada una de esas mentes, pese a su única postura frente a los acontecimientos y forma de ver los problemas, estaba consciente ahora de que solo habría un escogido.
Tres, cincuenta, setenta y dos, noventa y ocho… la cantidad de individuos ahora no importaba. Era completamente irrelevante. También lo es la infinita cantidad de galpones enormes como ese mismo en que se repite una y otra vez la misma escena: un enigmático personaje controlando todo y eligiendo a uno de los asistentes, quien sería su representación el exterior de aquel lugar.
A veces estos personajes se ven en la necesidad de convocar esa reunión más de una vez, pero siempre habrá una definitiva, en que una sola persona es elegida y los demás conforman un conjunto de anonimato.
Es en esa instancia cuando todo ese grupo vuelve a ser lo que era inicialmente: ideas y proyecciones de una forma de ser.
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