lunes, 13 de abril de 2009
Persecución
Sin embargo, casi por casualidad me he llegado a encontrar con mi perseguidor. Al momento de hacerle frente pude entender muchas cosas. Me di cuenta de que lo importante no era finalmente saber su identidad, sino que el significado de la persecución.
Para poder explicar esto tengo que remontarme a los comienzos de aquella sensación.
Los primeros indicios surgieron en esos días en que comencé a ir al parque en las mañanas cada vez que tenía tiempo libre. No iba a jugar con los otros niños, aunque de vez en cuando los observaba sin tratar de integrarme sino más bien de entender su actitud. A decir verdad, en cambio yo prefería estar sentado bajo los árboles viendo como ocurrían las cosas.
En una ocasión me percaté en un sector apartado del parque de un par de hombres de avanzada edad que parecían prestar excesiva atención a un tablero con cuadros y muy adornado apoyado en una mesa frente a la que estaban sentados. Tras acercarme, pude apreciar que movían unas piezas en él, cada uno a la vez con una concentración y dedicación impresionante. Eso captó mi atención más que ninguna otra cosa: ver como toda pieza tenía una razón de estar en ese tablero y lo importante de que no faltara ninguna así como la relevancia de cada jugada. Aquella idea jamás abandonó mi mente.
Aquel día, y en los que lo siguieron, yo simplemente me dedicaba a observar la forma en que aquellos dos hombres jugaban el ajedrez –como aprendí más tarde que se llamaba- tratando de entender la importancia que le daban a cada pieza, a medida que mientras comenzaban a surgir pensamientos que marcarían mi forma de entender el mundo, atrás de mí una nueva sombra parecía ser proyectada por algo que no podía ver, naciendo en mí de esa forma la sospecha de que estaba siendo seguido.
Ir al parque y observar el movimiento de las piezas tratando de averiguar por me llamaba tanto la atención aquel juego comenzó a tomar mayor parte de mi tiempo. Nunca quise jugar, simplemente me dedicaba a ver desde afuera como un espectador, algo a lo que estaba acostumbrado.
Posteriormente comencé a analizar el mundo que me rodeaba de igual manera que aquel tablero: en los lugares donde estudié yo solo me limitaba a observar externamente la forma en que se comportaban los demás, sin cuestionarme a mi mismo por qué hacía eso.
Mis compañeros –y en general todas las personas- eran como piezas en un tablero, movidas por manos invisibles.
Ahora puedo decir que incluso en mi propia historia yo soy un personaje secundario. El verdadero protagonista es aquel ser que siempre estuvo ahí oculto en las sombras, y a quien yo nunca pude descubrir.
Fue inevitable mantener mi actitud, por un lado por que simplemente es una parte de mi ser desde que nací, y nunca me cuestione si era algo bueno o malo, simplemente era diferente: no encajaba en el mundo de los demás, pero eso no me aproblemaba ni me llenaba de rencor. Es decir, no sufría por ser así, como puede ser pensado comúnmente.
Así que simplemente fui consolidando mis habilidades para observar y analizar las cosas, y llegue a ser bastante bueno en eso.
Dedicándome a aquello es como conseguí empleo en un sitio donde confeccionan esencialmente objetos para obsequiar, bastantes inútiles si no fuera por que de alguna forma tienen un gran valor sentimental para las personas, exactamente como ocurre conmigo ya que también fabrican de aquellos mismos tableros de ajedrez tan especiales que marcaron mi forma de ser cuando en mi infancia.
Esos tableros son los mismos que debo observar ahora en mi trabajo, entre otras cosas. Básicamente lo que debo hacer es preocuparme de que no tengan fallas y todos resulten bien armados con sus piezas correspondientes. Es algo bastante simple, que no mencionaría si no fuera por el hecho de que gracias a hacer esto es como pude ver por primera y última vez al que fue mi perseguidor durante gran parte de mis años previos, y al único ser que nunca encontrar a pesar de que lo mejor que se me da es ver y analizar cada detalle.
La forma en que pude encontrarlo fue la que menos me había esperado: una de las cosas que debo hacer, como dije, es verificar que todos los objetos resulten como se supone que deben ser. Lo mas importante es verificar que estén todos los componentes donde y cómo deben ir. Dentro de las fallas que pueden surgir, lo más común es que falte alguna pieza, pero ni siquiera eso ocurre muy a menudo… Sin embargo ayer me topé con un caso único que nunca me había ocurrido: Encontré un tablero de ajedrez con una pieza de sobra… En aquel mismo instante me di cuenta que algo tan simple representaba perfectamente mi vida.
A mi mente confluyeron varios recuerdos, como la reacción que tenían los hombres del parque cuando no encontraban una pieza: no podían quedarse tranquilos hasta que apareciera, y realmente parecían alterados cuando tardaban en hallarla. O también como en todos los grupos de personas que me dediqué a observar siempre había alguien que desempeñaba una función, como el líder o el que hacía reír a los demás… en fin, la importancia que tenía cada persona dentro del conjunto era evidente, y si una de ellas no estaba entonces el grupo no estaba completo.
De igual manera ocurre con el tablero de ajedrez. Sin embargo, nunca me había cuestionado otro aspecto, y que ha sido sin duda el más relacionado con mi vida: Los casos en que hay piezas sobrantes. A nadie le importa eso, puesto que si el conjunto tiene todos los elementos que necesita, no le influye en nada tener otros de sobra.
Tras pensar todo lo anterior me di cuenta de que yo, en el tablero de la humanidad, era una pieza sobrante. De esa forma es como supe finalmente qué era aquello me había estado siguiendo toda mi vida… y no era una persona misteriosa o alguien de quién hubiera sospechado, sino que era una pregunta. Una pregunta de la cual siempre había tenido en mi mente el cuestionamiento, pero nunca había podido formular, a pesar de que es tan simple como… ¿Qué se hace con una pieza sobrante?
Lo que es realmente curioso es como toda mi forma de ser se reduce a aquella simple interrogante. Durante toda mi vida fui un observador y me mantuve al margen, pero en ningún momento me cuestioné por qué o hacía. Es decir, nunca me hice preguntas sobre quien realmente soy, y jamás pensé en el hecho de que quizás yo también tenía una función que desempeñar en el tablero de la humanidad. Pero ahora, al mismo tiempo que reflexiono sobre eso, la respuesta viene a mi de inmediato: Soy una pieza sobrante por que nunca me hice preguntas sobre mi mismo, y eso es lo que me diferenciaba y apartaba de los demás.
En este momento, en el cual he podido llegar a cuestionarme quien soy, quizás entro a ser parte de una u otra forma de aquel tablero manipulado por manos invisibles del que me había apartado...Todo se reduce al hecho de que lo importante no es buscar las respuestas a todas las preguntas, sino que jamás dejar de formularse interrogantes.
Así es que incluso aunque pueda saber la identidad de mi perseguidor, no significa que conozca de donde viene ni por que me sigue.
Después de todo, es poco probable que tengamos tiempo para poder saber todo eso, puesto que todos hemos sido seguidos alguna vez por algo que no hemos podido ver a pesar de todos los intentos.
sábado, 4 de abril de 2009
El Encuentro
Iba a volver a ver a sus mejores amigos del instituto… eran pocos, a pesar de lo cual tenían una sincera amistad. Se tenían confianza y lamentaban no haber podido juntarse antes, pero la oportunidad no se había presentado pues algunos habían estado en el extranjero y perdieron contacto. Mas eso ya no importaba, pues estarían nuevamente juntos.
Mientras iba en el bus que lo dejaría en el parque, pensaba en cada uno de sus amigos:
Por un lado, el alegre Antonio. Se caracterizaba por estar permanentemente levantándole el ánimo a los demás, contagiando su optimismo si es que las cosas salían mal.
También el carismático Sebastián, quien tomaba las riendas del grupo cuando los otros no sabían que hacer y se encontraban en dificultades.
Como no olvidar al intelectual Carlos. Nunca dejaba de pensar analíticamente en las distintas formas de sacarlos de aprietos. Además era retraído, por lo que hablaba muy pocas veces, aunque siempre lo hacía con la voz de la cordura.
Y por supuesto Daniel, el más holgazán de todos aunque destacado por su disposición a ayudar a los demás en caso de que lo necesitaran, lo que era muy frecuente. Sin duda era el más generoso y desinteresado del conjunto.
Y claro, Bruno, siempre tratando de ser equilibrado. No se destacaba por ciertas cualidades como las de sus amigos. A decir verdad, era el más inseguro de todos ellos, el que más necesitaba de esa amistad. Por eso era el más dispuesto a mantener al grupo unido.
De hecho era él quien convocó la reunión.
A fin de cuentas, cada quien aportaba con lo propio al grupo. Siempre se mantuvo en equilibrio, y lo único que hizo que se separaran fue que cada uno tomo rumbos distintos al terminar el Instituto en la adolescencia.
Pero ya volverían a encontrarse, esta vez de forma inseparable, pensaba Bruno.
Las numerosas emociones volvían a inquietarlo mientras ya estaba llegando a su destino.
Y una vez más comenzaron a surgir las dudas, como era característico en él…
¿Acaso vendrán? ¿Estarán muy cambiados? ¿Se considerarán amigos mutuamente aún?
Llegó al sitio acordado, con algunos minutos de anticipación. Siempre lo hacia, pues trataba de estar preparado en caso de cualquier imprevisto, temiendo que pudieran pasar cosas malas.
Ahora solo quedaba esperar.
Transcurrieron los minutos, pero no aparecían los demás.
Pensaba que algo tuvo que haberlos retrasado, seguramente un percance en el bus.
Pero la verdad es que se decía eso para frenar el paulatino avance de la aplastadora desilusión que comenzó a surgir en él.
Y pasaron las horas, con ellas los últimos buses, mas Bruno no vio llegar a nadie.
Entonces se preguntó:
¿Por qué le fallaron los demás?
La inseguridad se apoderó de él, llevándolo a un estado total de pesimismo.
¿Fue el quien falló dejándose engañar pensando que los otros lo considerarían aún su amigo? ¿O ya los demás, viéndolo de otra manera y dándose cuenta de su debilidad, se burlaron de él? ¿Acaso ahora estarían los cuatro reunidos riéndose de su estupidez?
Todas estas opciones le parecían mucho más probables a la posibilidad de que solo hubieran tenido alguna cotidiana complicación.
Sin embargo hay un aspecto del que no se percató y del que acaso se diera cuenta luego, cuando volviera con la cabeza cabizbaja a su casa pensando en qué podría haber hecho mal…
Definitivamente nadie más que él llego al encuentro, pero todos habían asistido.
Estaban con él en la misma banca, durante todo el tiempo que permaneció sentado, incluso cuando iba en el bus y desde mucho antes.
Y ahora mismo también, pues el grupo nunca se había separado…
En todo momento sus integrantes han convivido juntos, con cada uno de ellos tomando el liderazgo a ratos.
El Amanecer
Él sabía que en algún momento del rato que llevaba ahí había transcurrido el ocaso, pero no lo pudo apreciar debido a la neblina que confundía toda la visibilidad del entorno. Lo único que veía era el horizonte calmo.
Pensaba en su vida y su situación en ese momento… tenia muchos problemas, a los que no encontraba solución.
A veces solo pensando de forma tranquila se puede llegar a encontrar la respuesta a un dilema, pero aquella noche eso no ocurrió.
En aquel atardecer todo era peor. Me hubiera gustado llegar y estar ahí para animarlo, pero en aquel momento no habría alcanzado a hacerlo.
Él reflexionaba sobre su soledad: a pesar de tener un reducido círculo de conocidos con quienes se llevaba bien, ayudándolos siempre que podía, y de su cercanía a sus familiares además de ser alguien muy estimado por sus pares, nada de eso cambiaba el hecho de que se encontraba solo.
Mas el mismo se había apartado de los demás, no por que quisiera, si no por que no era capaz de cultivar una amistad, pues carecía –y aún no tiene- aquella pieza del rompecabezas humano la cual permite saber que decir y como actuar en determinadas situaciones cuando se interactúa con otros.
No conocía como suplir esa falta, por lo que solo evitaba hablar y así no pasaba malos ratos diciendo cosas inoportunas. Por eso ya casi no se acercaba a nadie, lo que lo atormentaba y le traía más preocupaciones de manera paulatina.
La neblina aumentaba a medida que él seguía profundizando en sus pensamientos, de igual manera la oscuridad de la noche. Ya todo parecía abstracción, ningún contorno era apreciable excepto la línea del horizonte. Tenía la vista puesta en algún punto de éste.
Ahora analizaba sus metas para la posteridad…No tenía ni una. Solo vivía de acuerdo a sus necesidades inmediatas. Hacia bien las cosas que le tocaran hacer pensando que en el futuro le servirían, pero no veía el porvenir con expectativas de algo que pudiera interesarle.
Nada le llamaba la atención.
No tenía un objetivo en la vida, ningún anhelo… nada.
La noche ya estaba avanzada. Mucho rato llevaba meditando inmóvil… había surgido en él la idea de que aquella oscuridad no terminaría.
Seguía recapacitando su situación con pesimismo: se daba cuenta de que últimamente, y contrario a lo habitual, todo le venia saliendo mal… cometía muchos errores, no podía concentrarse en nada y no cumplía con lo que le pedían los demás.
Esto acrecentaba su malestar anímico, pues él siempre se había visto a si mismo como un inútil con la intención de superarse, pero ahora esa motivación había quedado aplastada.
No se veía ninguna utilidad para si mismo ni para los demás.
Por un momento, pensando en como concluir todo, en aquella larga noche quiso que el mar se alzara en una gran ola y se lo llevara a la infinidad del horizonte. Sería la excusa perfecta para dejar de existir sin tener que quitarse él mismo la vida.
Deseó fuertemente aquello, era la única cosa que con seguridad había querido aquella noche, y así por un momento le pareció ver que el mar se replegaba y que a lo lejos se formaba una gran acumulación de agua. Hasta tuvo la idea de escuchar el creciente murmullo del agua en movimiento.
Todo esto acrecentó su expectación… ¿Nacería la ola salvadora?
No… En aquel momento no vino ningún embate del mar como el que había imaginado esperanzadamente. La liberación no llegaría de ese modo.
Sin embargo, en vez de eso vio algo que lo sorprendió: la neblina se estaba disipando.
Era la hora en que la noche daba paso al día. Y también la que traería un gran cambio en su vida.
El impacto que tuvo en mi amigo la contemplación del alba lo hizo pensar en todas las personas que, como él, estarían deambulando en la noche, atrapados por la niebla sin poder encontrar una salida, aguardando por un leve destello que disipe la bruma y los guíe.
Al percatarse de aquello, en su mente surgió una reflexión: analizó el hecho de que había gente tan o más desafortunada que él, sin amistades ni motivaciones personales, desamparados ante la soledad. Pero además no tenían ninguna posibilidad -o si la tenían era en extremo remota- de que viniera alguien a guiarlos y a sacarlos de aquel estado de abstracción y desmotivación.
Él, por suerte, había podido liberarse… ¿lo guió alguien, o acaso él mismo, a hacerlo? ¿O tal vez fue la suerte?
La respuesta a esa pregunta en aquel momento era irrelevante.
Lo primordial es que al pensar en aquellas personas más desafortunadas que él, y en que su vida siempre había sido dispuesta para ayudar a los demás sin centrarse en si mismo, pudo llegar con claridad a una determinación:
Buscaría ayudar a los demás que aún se encontraban en la niebla y jamás habían visto un amanecer como él.
Y al momento de tomar dicha decisión es cuando me encontró y comenzó nuestra amistad. Él no lo sabía, pero yo lo conocía desde mucho antes. Estuve ahí, resguardándolo y esperando a actuar en caso de que ocurriera lo peor… y al decir esto, podría surgir la pregunta:
¿Qué hubieras hecho si es que hubiera ocurrido una tragedia?
A lo que yo respondería: ¿Quien sabe si acaso no comenzaba a ocurrir?… e incluso ¿quién puede afirmar que yo no hice nada?
Desde aquel instante en que supo de mi existencia hemos sido siempre compañeros: he actuado como su consejero y estado ahí cuando necesita consuelo.
Aún así, la verdad es que me gustaría decir que soy real, pero no puedo mentir. Yo solo existo para él. Creo que eso no lo sabe, pero tampoco es relevante.
Lo que sí está claro es que no puedo ser su único compañero, pues yo solamente he acudido cuando él me necesitó, y ahora que su vida se ha estabilizado solo espero que un amigo de verdad venga para evitar que caiga nuevamente en aquella oscura niebla de la soledad permanente.
He cumplido mi función, pero nunca nadie lo sabrá: El atardecer en que mi amigo se encontraba meditando frente al mar casi ocurre una catástrofe marítima, la cual hubiera terminado con la vida de una sola persona, pero hubiera tenido múltiples heridos y habría traído sufrimientos a muchos.
No sería apropiado decir mi nombre, pues no tengo. Cada quien denomina de alguna forma a los amigos como yo, que siempre existiremos sólo en el interior…
Auto Biografía
Fui adoptado por una familia al otro lado del mundo.
Mi vida cotidiana es dura, y no me tratan bien en casa.
Mi familia cada vez me alimenta menos, diciendo que mi comida está más cara.
No hay palabras de agradecimiento cuando les ayudo, a pesar de que conmigo pasan momentos muy felices.
Solo se quejan contra mi… a veces no entienden que no puedo hacer lo que me piden por el agotamiento
Se que cuando les deje de ser útil, me abandonaran como a todos los de mi clase.
Es difícil ser lo que soy.
Distraído
En la calle ya he visto a siete personas solo diciendo insultos aparentemente al aire, aunque es probable que estén hablando por su celular. Y me doy cuenta de que me están mirando de forma hostil… Me pregunto por qué.
Pero mis meditaciones se ven interrumpidas por mi teléfono, de seguro alguien que quiere molestar.
No, no es mi celular, pues ahora recuerdo que se me quedó en casa.
Lo que sonó fue mi mente. .. Hoy me olvidé de cerrarla a los demás.
El sonido indica que tengo siete nuevos mensajes.
El Engaño
Hoy quise liberarme, y ahora, subiendo al bus que lleva otros esclavos, creo tener la oportunidad al ver un destello en el último asiento, el cual me atrae, aunque no pueda describirlo.
Me acerco por curiosidad, solo observando el resplandor.
Pero pierdo el equilibrio cuando el bus comienza su marcha, y al recobrarme me doy cuenta de que mi visión se ha esfumado… y con ella mi intento de rebelión.
He caído nuevamente en los engaños de la rutina.
Y ahora estoy siguiendo el mismo recorrido que todos los días.
El Reflejo
Por un instante repasó toda su vida. Sus acciones, sus logros, sus fracasos.
Vivió desde pequeño con todas las comodidades, en donde todo le era facilitado y sin el menor esfuerzo obtenía lo que quería. Y nunca cambió. Con el pasar del tiempo, fue inconciente del sufrimiento ajeno y nunca se puso en el lugar de sus empleados. ¿Cuántas miradas tristes, semblantes sollozantes rogando piedad, evadió mirando inexpresivamente hacia otro lado absorto en sus pensamientos de grandeza? Aunque él no lo admitiera tenía un combate interno, pero esa lucha nunca dejaba pasar un mínimo rastro de sensibilidad. A él le era indiferente todo, menos el dinero. Llego a arrebatar vidas y causar sufrimientos a los que hubiera sido preferible la muerte, pero nunca se preocupó de ello. En su interior de piedra, frío como el hielo, él tenía miedo.
Miedo de que alguien lo conociera, de que supieran que estaba vacío, puesto que nunca había encontrado el sentido de su vida y sufría por eso. Lo buscaba causando sufrimiento a los demás pensando que así tal vez encontraría la respuesta.
Pero ahora se encontraba ahí, vulnerable a la merced de aquella bestia. La miraba fijamente a los ojos aunque no podía describirlos. Solo supo que sería lo último que vería en su existencia sin respuesta.
Veía aquel animal como a cualquier otro. Un depredador que había matado a muchos más como él, haciéndolos sufrir quien sabe cuanto, importándole sólo la comida, pero nunca encontrando una forma de saciar su sed de respuestas, del por qué existía.
Ahora le atribuía características omnipotentes. Reconoció aquella bestia de pelaje gris como la encarnación del mal, y su mirada se torno triste, su semblante sollozante y rogó piedad. En ese momento entendió todo.
Ya no veía a una bestia, veía a un hombre caído, llevando un costoso traje de terciopelo gris, mirándole tristemente, con el semblante sollozante, rogándole piedad.
El Último Tren
A veces me entretengo leyendo o resolviendo crucigramas… pero hay un momento para todo, y ahora no lo es para ninguna de esas cosas.
Me gustaría observar el paisaje, pero la oscuridad es muy profunda tras la ventana, y no puedo distinguir nada a más de tres metros del tren. Todo lo que veo son formas vagas, indescriptibles.
Creo que quiero escuchar música… puede ser el momento para eso. La verdad es que casi no lo hago pues hoy en día hay muy pocas composiciones que me atraigan. Nunca me ha gustado oír las letras de canciones, pues lo que aprecio es la melodía misma. La abstracción. Tal como en los cuadros, prefiero los paisajes y elementos sin forma… creo que el verdadero arte es aquel que no se puede definir.
A mis oídos llega una obra que nunca he escuchado y me llama mucho la atención.
Trata sobre un hombre y su vida, pero no se si hay alguien cantando o si es solo la melodía la que evoca eso en mi mente. Curioso, nunca me había pasado.
Puedo decir que es como la biografía de un completo desconocido… me siento identificado con él aunque no puedo caracterizar esta sensación tan extraña, pues para poder describir algo lo que hacemos es enumeran rasgos, y este hombre, como yo, no sobresale en ningún aspecto.
No hay nada especial que se pueda decir sobre él al igual que de mi vida.
Solo sigo escuchando sin notar que el tren comienza a adquirir gran velocidad.
La verdad es que tengo curiosidad por saber en que terminará la misteriosa melodía o lo último que dirá el autor.
Ahora me percato, sin embargo, de que nunca traje una radio conmigo ni ningún accesorio de ese tipo. Puedo apreciar que todos los demás pasajeros curiosamente siguen durmiendo, por lo que soy el único escuchando la música.
Y ésta no es más que mi propia vida… que ahora está llegando a su fin.
¿Fue acaso cantada por alguien, o es solo una melodía de misterioso origen?
Si quieren saber la respuesta, tendrían que tomar, como yo, el último tren. Y esperar que éste llegue a su destino… en mi caso, un indescriptible accidente.
La Puerta
Aquella caminata fue muy especial para él, pues se encontraba en el mismo barrio donde había pasado los mejores momentos de su infancia.
En su mente evocaba recuerdos... el grupo de cinco amigos, los juegos, las confidencias, la casa abandonada...
Todo parecía tan lejano ahora, a pesar de que no habían pasado más de quince años desde que eso quedó atrás.
Su situación actual era muy estable, tal vez envidiable para otros. La principal característica que determinó que Félix se encontrara caminando y reflexionando un viernes por la noche sin salir con otras personas era su tendencia a estar solo. A pesar de relacionarse bien con la gente y no tener enemigos, su principal problema era la incapacidad que tenía de interactuar de la manera correcta con los demás, nunca sabiendo que decir, que hacer, cuando reír… algo que lo complicaba día a día, pero a lo que ya se había acostumbrado y encontrado la solución: estar solo.
A veces se preguntaba por qué era así…
De pronto comenzó a sentirse nostálgico. En las calles que recorría en ese momento fue donde se sintió verdaderamente feliz por primera vez, y recordó como todo era distinto en aquellos tiempos… sus antiguas aventuras, la diversión sin culpas, los juegos inocentes… ahora nada de eso parecía posible para él.
De pronto, sorprendido, en la solitaria vereda escuchó pasos que venían directo hacia él. Se volteó.
Por un momento su sorpresa aumentó, no a causa del susto, sino de la extraña familiaridad que le hacia experimentar la persona que se encontraba frente a él: un joven de aproximadamente su edad, de apariencia muy alegre, que lo saludó amablemente.
-Hola… perdona, pero me pareces muy conocido… ¡Ah, pero claro! ¡Félix, tanto tiempo!… ¿cómo estás?
-Eh… bien, ¿y tú?
-Si, también. Pero que sorpresa más grande verte aquí. ¿Cuánto ha pasado… como quince años?
-Creo que sí.
-¿Y qué haces por acá?..
-Ah... solo caminaba.
Un diálogo así se siguió repitiendo por unos momentos, con uno hablando incesantemente y el otro respondiendo casi con monosílabos.
Félix aún no recordaba quien era aquella persona, pero de a poco comenzó a tener una noción más clara. Le parecía muy mal de su parte el no saber con quién hablaba siendo que le expresaban tanta simpatía, pero tampoco sabría como decirle que no recordaba quien era… ¿Cómo reaccionaría? ¿Se enojaría con él? ¿Se iría ofendido? Muchas posibilidades… mejor esperar.
El otro hablaba sin cesar. Mencionó los nombres de Alex y Mark, lo que llamó la atención de Félix.
Al escuchar esos nombres fue cuando éste recordó todo.
El antiguo grupo de compañeros: Los dos mencionados, Christian y él. ¿Pero no eran cinco? Claro. Faltaba el hermano menor de Mark… ¿cómo se llamaba? Ah, claro. Simón. El que no paraba de hablar y siempre los seguía a todos lados y al que todos trataban con indiferencia.
Así que era él con quién se encontraba ahora.
El grupo de amigos era feliz en su infancia… hasta que ocurrió la muerte de uno de ellos.
Aun recordaba vagamente el accidente… el automóvil aproximándose a toda velocidad, la pelota que fue a buscar Mark yendo a parar a la calle… Su amigo tirado en la acera de enfrente, al parecer sin ni un rasguño, pero ya sin vida.
Posterior a las terribles marcas que dejó este hecho en los amigos y él, vino la decisión de sus padres de trasladarse… y el inevitable fin de la época en que fue feliz.
Y ahora, el hermano de Mark se encontraba hablándole alegremente. Había superado la muerte de un familiar cercano, y Félix se sintió bien por ese hecho. Al menos tuvo el tacto de no mencionarlo.
Después de todo, si no sabía si mencionar algo o no, mejor no lo hacía. ¿Para que arriesgarse?
Continuaron ambos caminando por las lóbregas callejuelas, con uno hablando animosamente y poniendo al corriente al otro sobre el paradero de los restante dos compañeros de juegos de hacía 15 años atrás y el otro callado y asintiendo.
Tras un rato, llegaron a una casa abandonada. La visibilidad era poca debido a la escasa iluminación y la prominente neblina, pero ambos reconocieron aquel lugar: era el sitio de reunión del grupo.
Los impresionó de gran manera el hecho de que la casa estaba aun inhabitada, ya habiendo pasado tanto tiempo.
-Oye, Félix, ¿qué te parece si vamos a ver que hay adentro? Si es que nadie ha entrado ahí, lo que es muy raro pero parece que es lo que pasó, aún podríamos encontrar algunas de nuestras marcas que dejamos ahí.
-Hmm… bueno.
Entraron.
A medida que recorrían el destrozado interior, distintos recuerdos de momentos vividos ahí afluían a la mente de Félix.
De pronto, sin darse cuenta, comenzó a quedarse absorto en sus pensamientos sin noción de lo que lo rodeaba. Entonces, a lo lejos, escuchó un sonido muy leve que pronto reconoció como risas.
Antes de que pudiera percatarse, se encontraba corriendo con todas sus fuerzas hacia el lugar de origen de aquel ruido.
Atravesó el destruido salón y cruzó el pasillo principal, hasta llegar al final de éste. Había una habitación cerrada.
La reconoció por la puerta: tenía las inscripciones A F M C raspadas en la madera.
De pronto se percató de que se encontraba solo. Ya no escuchaba la incesante voz de Simón…
¿Acaso la había oído antes? Eso ya no importaba.
Toda su atención estaba centrada en los sonidos que provenían de la habitación de enfrente. Reconoció las infantiles risas de sus antiguos amigos. Los únicos que había tenido en toda su vida.
Con todas sus ansias quiso atravesar esa puerta. Sin embargo, se percató de que estaba sellada.
Las risotadas se hacían más fuertes al otro lado. Eran la expresión más simple de la felicidad, la única que él recordaba.
Félix se preguntó entonces si aquella puerta se volvería a abrir alguna vez.
La Súpica
A pesar de su inteligencia, a sus trece años muchos rasgos de la personalidad no estaban completamente desarrollados aún. Tal vez todas sus principales cualidades positivas seguirían acentuándose, pero no tenían el criterio completamente formado aún. Esto último es algo que quedó evidenciado de forma plena en los acontecimientos que ocurrieron posteriormente aquella tarde.
Caminaban por la calma vereda hacia sus hogares analizando las distintas opciones que tenían para trabajar, cuando algo llamó la atención de ambos e interrumpió su discusión: escucharon un grito de desesperación proveniente del lóbrego pasaje que recién habían pasado.
Su curiosidad no tuvo impedimentos para hacerlos ir a averiguar quién o qué profería el llamado.
Lo que vieron no fue sorprendente. Tampoco demasiado extraño en una gran ciudad como aquella. Ni siquiera era la primera vez que presenciaban algo así a pesar de la corta edad de ambos. Si embargo, lo que ocurrió en ese callejón marcó la vida de ambos para siempre.
Un hombre de mediana edad, estatura normal y corte de pelo bastante tradicional que llevaba una camisa bien cuidada de color celeste y pantalones azules, junto a mocasines en buen estado pero un tanto sucios, se encontraba apoyado contra la pared posterior del callejón.
Sus ropajes no denotaban pobreza y eran llevados con dignidad, además de conservar una higiene aceptable -al menos visiblemente- aunque tenía barba de un par de días.
Más aún el aspecto más sobresaliente del extraño era su expresión: en sus facciones denotaba gran desesperación, y así también era evidenciable por sus movimientos. Por lo demás nada llamaba la atención ni podría haber hecho pensar a alguien que aquel individuo clamaba desesperadamente por ayuda, a pesar de que no cabía duda de que fue él pues ni un otro ser viviente se veía en el pasaje.
Ante una persona en aquella situación las primeras reacciones son indudablemente de rechazo en base a las enseñanzas familiares y culturales: ese hombre podía ser un drogadicto, un psicópata o cualquier persona con malas intenciones. Mas esta última impresión no era respaldada por la expresión del hombre: a menos que haya sido un excelente actor, claramente se encontraba en una situación crítica.
Ahora que había visto a alguien venir comenzó a pedir desesperadamente ayuda. La suplica incomodó a los amigos, ya que ninguno sabía como actuar y obviamente el contraste entre los ropajes del hombre y su situación acentuaba el desconcierto de ambos.
El hombre seguía insistiendo, hablando de forma muy entrecortada. Dijo, dentro de lo que se le podía entender, que era un asunto de vida o muerte.
La poca elocuencia del desconocido acrecentaba la desconfianza de Oscar y Daniel... Al fin, el primero tomó la iniciativa y preguntó al extraño sobre su condición. Éste, muy inquieto, dijo que era perseguido por algo que no había hecho y que tenía que evitar ser encontrado. Su única opción era hacer un llamado a un contacto, por lo que necesitaba un teléfono... Mencionó también que no había comido en dos días, debido a que había deambulado por aquel apartado sector sin haber encontrado hasta ese momento ninguna casa ni nadie que haya podido ayudarlo.
Esta declaración desmotivó a los amigos y los hizo retroceder para marcharse. Ya cabían pocas dudas de que aquel hombre era un criminal que trataba de acarrearlos hacia algún mal asunto.
El extraño ya no sabía que hacer. Trató, esperando una respuesta favorable, de asegurarle a cada uno que no era una mala persona y no les haría daño. Manifestó que era entendible y natural que desconfíen de él, pero dijo que solo debían traerle algunas cosas y que jamás se arrepentirían de ello.
¿Era eso una amenaza, o solo la forma más sincera que tenía un hombre desesperado de manifestar la inocencia?
El desconocido, mientras Oscar y Daniel tomaban distancia, agregó:
-Lo único que hay que hacer por mí es traerme algo de comida y un teléfono para poder realizar una llamada. Juro que no soy un vagabundo y menos un ladrón… una vez que todo esto se aclare podré comprobarlo y jamás dejaré de agradecer la ayuda.
Los amigos se alejaron aún escuchando el eco de aquellas palabras, sin saber que éstas marcarían su relación para siempre.
Ambos se dirigieron a sus casas sin hablar, notablemente afectados por el incidente. Cada uno iba pensando en cómo reaccionar: por un lado Oscar analizaba que en estos casos siempre los desconocidos tienen alguna mala intención y tratan de engañar a gente como él, además de que le han enseñado que no debe hablar con extraños. Por el otro lado Daniel recapacitaba que el hombre, por extraña y sospechosa que fuera su situación, podía estar diciendo la verdad. En ese caso debería ayudarlo a pesar de lo que dijeran sus padres.
Los amigos llegaron a sus hogares. Ya era la hora de comer, por ende permanecieron allí. Sin embargo, uno de ellos salió unos momentos después pero esta vez llevando consigo algunos bultos… era Daniel, dirigiéndose de vuelta al oscuro callejón, apreciablemente muy inseguro.
Cuando el extraño lo vio regresar, lo recibió animosamente y agradeció que haya vuelto a ayudarle.
-No sabes la forma en que me vas a salvar. Estoy seguro de que ahora todo se arreglará, ya verás. Lo único que necesito es realizar una llamada… ¿me has traído un teléfono?
Daniel dudó un momento, luego sacó de su bolsillo el móvil que había adquirido hacía muy poco. Era un objeto que prácticamente no podía dejar de tener cualquier chico de su edad, una moda por decirlo así. A pesar de que a él no le gustaba seguir las tendencias de los demás, lo tenía para casos de emergencias. Daniel era una persona poco influenciable, y tomaba las decisiones en base a lo que él apreciaba al considerar las posibilidades. Si optaba por lo más correcto o no era algo que no siempre se podía comprobar, pero en este caso particular eso estaría por verse.
Le cedió su aparato al extraño y se apartó unos momentos dándole la espalda al hombre para que tuviera la privacidad que necesitaba. Si existía un momento ideal para arrancar y llevarse todo, ese era.
Al transcurrir unos momentos, volvió al sitio donde estaba el desconocido. Éste seguía ahí, pero esta vez con una expresión mucho más calmada que antes. En aquel instante le aseguró que ya estaba todo arreglado y pronto irían a recogerlo.
De hecho así fue, pero antes el extraño pudo comer algo de lo que le trajo a escondidas Daniel y le expresó que no tenía palabras para agradecer todo lo que había hecho por él.
He aquí que debo decirles como cambió mi vida aquella tarde. Descubrí que hay gente, como aquel niño, que es capaz de sobreponerse a los prejuicios y las imposiciones culturales para poder ponerse en el lugar del otro cuando ve que está en una situación que lo sobrepasa, como fue mi caso.
Por que siempre hay excepciones, y si tenemos eso en cuenta seremos capaces de reconocer las cosas que a veces escapan a la mentalidad común.
Daniel pudo cambiar mi vida y también la de él al ayudarme en aquella ocasión. Hoy, varios años después, puedo decir que aún le debo mucho.
Por cierto, como ya dije, al respecto de Oscar y la amistad de ambos, ésta ya nunca volvió a ser la misma. Ambos podían tener varios rasgos en común, pero en situaciones como la de aquel frío día de primavera es cuando se definen las diferencias.
Quizás deba ser más específico y aclarar que ambos, a pesar de vivir en el mismo barrió, habitaban también en la misma casa, la misma habitación, y de hecho convivían en la misma persona.
Sin embargo al final de aquel día solo uno de ellos seguía existiendo, y es con quien yo aún estoy en deuda.
El Obsequio
Sus dos hermanos mayores –con quienes solo tenía el mismo padre en común- la molestaban mucho por su indiferencia a las actividades de alguien de su edad, y por esto no se llevaba muy bien con ellos. Simplemente eran muy diferentes y no se entendían.
El padre de los tres, Adrián, era un hombre muy trabajador. Tras divorciarse de su primer matrimonio y enviudar en el segundo, fue transformándose en alguien muy solitario y melancólico. Esto es debido a que sus primeras nupcias no funcionaron y trató de redimirse al casarse con Rita -quien sería la futura madre de Clara- pero la sorpresiva muerte de ésta evitó que pudiera llegar a saldar la deuda que tenía consigo mismo. Lo anterior lo canalizaba en la forma que tenía de tratar deferentemente a su hija menor, algo que acrecentaba el rechazo de los otros dos hacia ella.
En cuanto a Rita, ella fue alguien admirable. Sin duda era la persona a quien Clara más hubiera querido conocer. Siempre pensaba en lo mucho que le ayudaría contar con la presencia de su madre en los momentos más difíciles… pero eso era imposible, pues ella murió al momento de dar a luz.
Antes de conocer a Adrián había llevado una vida ejemplar: tenía a su haber numerosos viajes y aventuras por numerosas partes del mundo, ayudó a mucha gente de innumerables maneras y trabó grandes amistades que nunca dejarían de perdurar.
Pero por sobre todo era una persona completamente sincera que siempre tenía buenas intenciones y con su honestidad se ganó el cariño de todos quienes la rodeaban.
Ahora a solo siete días Clara sentía que no podía esperar a saber cual era el único legado que una mujer tan increíble como su madre le había dejado. Estaba segura, por todo lo que sabía de ella, de que no sería nada de valor material sino más bien de gran significación emotiva y que le ayudaría mucho en su vida futura.
Para poder abrir el obsequio, además de la mayoría de edad necesitaba ser alguien estable y en control de sus emociones e impulsos, además de contar con el criterio suficiente para poder resolver todo tipo de problemas, algo que ella ya había demostrado poseer. Lo único que faltaba, entonces, era tiempo.
Clara se mantuvo expectante durante el transcurso de aquella semana, esperando que llegara el ansiado momento.
Con cada día pasado sus emociones se intensificaban más y más. Después de todo, éste sería el hecho más importante de su vida. Su madre era la única persona que podría haberla entendido y conocido verdaderamente, por lo que le parecía injusto no tener ningún recuerdo de ella. Lo único que quería era tener alguna señal de que la había estado acompañando de alguna manera especial en el transcurso de su vida. Pensaba que quizás eso se lo demostraría el obsequio.
Cuando ya el plazo estaba llegando a su fin pudo estar más tranquila. Sabía que solo debía seguir siendo ella misma y que durante todos los años anteriores se había estado preparando para este momento por lo que ahora ya estaba lista para afrontarlo.
El único hecho que lamentaba era el no llevarse bien con sus hermanos, pero era evidente que el problema provenía de ellos… en algunos casos cada quien debe darse propia cuenta de sus limitaciones y no culpar a los demás, que era lo que estaban haciendo al sentir resignación y envidia por Clara. Ella optaba por no inmiscuirse en sus asuntos y esperaba que tomaran conciencia por si solos. Algo de culpa también poseía su padre al tener favoritismos, pero era él quien debía percatarse de esto y solucionarlo, no su hija.
En todos los otros aspectos estaba segura de haber hecho lo correcto. Podría decirse, de hecho, que era una buena persona… pero ¿a qué se debía esto?
La respuesta puede ser bastante difícil, pues obviamente el haberse criado en un ambiente como el que tuvo no contribuyó en absoluto y ahí es por donde generalmente se parte analizando. Sin embargo en este caso era ella misma, por iniciativa propia, quien había buscado tímidamente hacer lo correcto… sólo era algo que salía de su interior, manifestado de forma muy intensa y espontánea en algunas ocasiones.
A veces hay personas que por más teorías que se formulen nunca podremos comprender por que son como son. Clara tenia eso en cuenta y por eso no cuestionaba su actuar. Sólo estaba segura intuitivamente de que debía seguir siendo así.
Ahora todo eso sería comprobado, pues había llegado el momento.
Era el día de su cumpleaños y en que pasaba a tener mayoría de edad. Era también el día en que sabría cual era el único legado de su madre y en el que entendería muchos aspectos de su vida…
Al momento de abrir el obsequio se dio cuenta de que, como creía, no era un objeto material. Era algo que siempre su madre había llevado al interior y cuando dio a luz traspasó a Clara. Ella lo tuvo durante toda su vida manifestándose sólo en algunas ocasiones, pero ahora que había sido abierto podría controlarlo para usarlo de la forma correcta.
La Habitación
Muchas personas distintas se encontraban dentro de aquel grupo que nos rodeaba. Se podía apreciar a quienes representaban autoridad, con un estado simbólico que los diferenciaba de los demás. Había también personas solitarias, aisladas del resto pero con algún tipo especial de nexo con alguien particular. Se veía además a otro tipo de gente, aquellos que siempre discuten entre si y se llevan mal con los otros, ocupando un gran numero, como a su vez los más sociables que gustan de llamar la atención … en fin, un conjunto de personas muy variadas, todos ellos conocidos de mi hermano, sin tener noción de mi existencia.
A lo largo de todo el tiempo que han llevado conviviendo en esta gran habitación en que nos encontramos, un sinnúmero de reacciones han surgido: expectativas, decepciones, alegría, tristeza, ira, nostalgia, empatía, admiración… en fin, una red de sentimientos que dieron pie a la formación de diversas relaciones entre algunas personas, creando a su vez amistades o rivalidades.
Todo esto ha dependido de cómo cada quien se ha comportado y manifestado su forma de ser.
A decir verdad, es poco imaginable que todos tengan algo en común, pero de hecho así lo es. Pues el solo hecho de haber conocido por cualquier medio a mi hermano los ha conectado sólidamente.
Al hacerlo ingresaron todos por la misma puerta a esta habitación, y desde ese momento han interactuado al interior, siempre unidos por esa puerta. Pero ahora cada quien tomará una salida distinta… pues un ciclo ha concluido, y la estadía en este lugar ha de terminar.
Antes de que nos separemos tengo que decirles algo importante: el significado de la palabra hermano que tengo yo no es el convencional. Yo y la persona a quien aplico esa palabra somos muy distintos entre nosotros, y es difícil encontrar un punto en común: yo he nacido primero, y tengo una concepción totalmente distinta de las cosas que la que tiene mi hermano menor. Él solo busca llevarse bien con la gente, pasar un buen rato y continuar con su vida. No se fija con que tipo de personas se relaciona, ni le interesa conocerlas más allá.
Lo único que nos mantiene unidos es el tener el mismo origen.
Nuestras diferencias evidencian el hecho de que todos quienes nos rodean en esta habitación sólo tienen algún tipo de vínculo con mi hermano… yo, en cambio, solo me dedico a observar. Nadie aquí me conoce ni se ha percatado de mi presencia jamás. De hecho, ni siquiera mi hermano me ha visto alguna vez, pues únicamente lo pueden hacer quienes hayan interactuado con él y hayan pasado la capa de superficialidad que separa a dos personas.
Por si me había olvidado de comentaros, en esta habitación todos también tienen un hermano, que tampoco es visible a los demás, excepto a mí. Sólo en algunos casos he podido llegar a percibirlo, y es a aquellas personas a quienes me gustaría volver a ver en el futuro.
Pero ahora, cuando ha llegado el momento en que cada quien tomará distintos caminos, es necesario asumir aquello. Cuando me pregunto cuánto tiempo dudará esta separación, dolorosamente surge la posibilidad de que para siempre. A veces salir por diferentes puertas involucra muchas cosas, incluida la opción de no volver a ver a aquella persona jamás. Es por eso que importan tanto los recuerdos, pues pueden llegar a ser el último vestigio que se tiene de una persona.
A pesar de todo, hay unos pocos casos en que se podrá volver a ver a alguien, pero todo depende de la forma en que se manifiesten aquellos sentimientos que los mantengan cercanos… para hacer eso solo hacen falta un par de palabras. Aquellas que pronuncies al cruzar el umbral, que quizás sean las últimas. Hay numerosas expresiones para decir en aquel momento, pero lo que realmente importa es la intención. Solo habrá una instancia en que se podrá decir todo, y eso muchas veces marcará el futuro de ambas personas.
Todo depende de lo que se diga, y lo más importante… ahora que vienen numerosas separaciones, de aquellas palabras dependerán los futuros reencuentros.
El día de la aceptación
Hoy ha sido un día muy especial, considerando esta semana de días libres que he tenido y más aún tomando en cuenta los días que llevo habitando esta casa junto a mi compañera Avilda -un nombre bastante extraño a decir verdad, sobre el cual nunca le he preguntado ni tampoco me intriga saber su significado ni orígenes. Ella es alguien muy alegre y jamás podría reprocharle nada, pues realmente hemos pasado grandes momentos en el tiempo que llevamos conviviendo acá. Es una gran amiga.
Para ser franco, difícilmente hubiera imaginado esta mañana al levantarme que llegaría a encontrarme en la situación que me abarca ahora. Estoy seguro de que cualquier persona diría lo mismo… después de todo, es algo que solo se experimenta una vez. Pero para poder decirles como es que llegué a estas instancias es mejor relatarles todo desde el comienzo de este día tan especial para Avilda y yo.
En las primeras horas no hubo ningún indicio de que algo importante fuera ocurrir, o al menos dentro de lo que percatamos. Yo me levanté muy tarde pues he aprovechado de descansar en estos días libres, pero Avilda tuvo que ir a hacer algunas diligencias temprano. Yo sólo me quede en casa reflexionando sobre lo que haré en el futuro, pero ahora que lo pienso quizás eso no fue lo más adecuado. Pues bien, ya que mi rutina fue bastante aburrida y no tuvo ningún acontecimiento relevante relacionado con lo que es contaré, me centrare en los sucesos que rodearon a mi compañera.
Ella estaba de muy buen humor, como de costumbre. Tras ir a recoger unos documentos, se reunió con algunas amigas y conversaron un rato, luego fueron a almorzar juntas. Estoy seguro de que lo pasaron muy bien compartiendo entre todas –es un detalle que ahora importa mucho- y posteriormente cada quien continuo con sus tareas. Avilda, por su parte, tuvo que dirigirse hacia el centro de la ciudad a buscar algo a una florería. Como siempre, prefirió caminar pues la localidad en que vivimos no es muy grande y se puede hacer todo a pie. No sé por que habrá elegido la tienda más cara y transitada, pero francamente eso no importa ahora. Tras haber recogido las flores se disponía a volver a casa.
Como no tenía prisa comenzó a pasearse y mirar las distintas tiendas del sector. Siempre ha sido una costumbre suya, que no creo que habría por qué criticar. Aún así, si es que hoy se hubiera venido directamente quizás todo sería distinto… esto lo digo por que mientras caminaba por la transitada avenida, fue cuando vio a aquella persona que marcaría un hito en su existencia.
Avilda se quedó paralizada de horror cuando avistó a aquella mujer pálida como el brillo del acero, vestida totalmente de forma oscura -aunque ahora que lo pienso, quizás depende de la posición desde donde se la observe así que no podría asegurar como son sus ropajes- que la observaba desde la acera de enfrente, con una expresión fría y carente de emociones.
Ambas se reconocieron enseguida.
Lo primero que hizo Avilda fue comenzar a correr despavorida, sin importarle haber dejado tiradas las flores recién adquiridas ni sus pertenencias. Fue una actitud que sorprendió a todos los transeúntes que pasaban en ese momento, y sin duda ha sido la primera vez en que ella se comporta de ese modo, y quizás la última.
Al ver esto, la misteriosa mujer esbozó una imperceptible sonrisa y luego comenzó a caminar muy tranquilamente, segura de su dirección.
Mientras eso ocurría yo me encontraba en casa despreocupado de cualquier asunto, pues a estas alturas pensé que podría tomarme un descanso ya que me había esforzado mucho para llegar a mi posición. Además, si en ese momento hubiera sabido que ocurriría mas tarde tampoco podría haber hecho algo como para evitarlo, pues ya todo había tomado rumbo y la personas que influirían en los hechos venideros ya estaban alineados en sus roles.
Sin saberlo, cuando yo pasaba ese rato de ocio se aproximaba a grandes pasos la llegada de lo que tendría que aceptar momentos más tarde y cambiaría todo.
Avilda continuaba corriendo por la calle – más bien, huyendo- en un completo estado de pánico. Para ella cada segundo contaba, estaba totalmente enfocada en continuar en su dirección y nada podría haber hecho que se desvíe. Jamás la hubiera imaginado en un estado de tanta desesperación.
La misteriosa mujer que causó aquella reacción se encontraba en un estado completamente inverso: caminaba, algunas calles más atrás, con toda calma y aparentemente con el mismo rumbo que mi compañera. Parecía muy poco probable que estuviera siguiendo a alguien, y menos aún que la atraparía dada la diferencia de ritmos, pero la seguridad que manifestaban sus gestos y su andar no dejaban lugar a dudas de que era alguien que alcanzaba cualquier objetivo que se propusiera.
Esta situación (¿debo llamarla persecución?) se mantuvo por un rato en esta poco usual fresca tarde de verano.
Yo había perdido noción de que hora era, hasta que escuche el sonido del timbre de nuestra casa: en ese instante di un vistazo al reloj que tenemos colgado en la pared, y me llevé una gran sorpresa al percatarme de que era muy tarde como para que Avilda no haya llegado, por lo que pensé que habría pasado a casa de alguna de sus amigas y por lo tanto no llegaría hasta la noche.
El timbre volvió a sonar insistentemente… al parecer alguien tenía prisa y había perdido sus modales. Me dirigí con curiosidad a abrir la puerta esperando no encontrarme con alguna sorpresa desagradable, pero apenas giraron las bisagras entró alguien muy rápido que en primera instancia no me dio tiempo a reaccionar: era Avilda. Estaba totalmente pálida y jadeante, no cabía duda de que huía de alguien o algo que se avecinaba.
Entonces supe sin ninguna duda de que, sea lo que fuera lo que causaba el pánico en mi amiga, se encontraba en esos momentos tras mi espalda, cruzando el pequeño jardín ante la mirada atónita de Avilda por sobre mis hombros.
Ahí fue cuando me voltee, propenso a recibir una sorpresa que causaría quizás la misma reacción que en mi compañera. Pero no fue así… lo que mis ojos vieron era algo que no me impresionó en lo más mínimo: me sentí tranquilo. Pude recordar, en aquel preciso instante, todos los momentos que pasé con Avilda aquí en esta casa. Instancias maravillosas que nunca olvidaré, ahora que ya se que jamás se volverán a repetir al menos en este mismo lugar. No tengo ninguna duda de aquello, pues ya se cual es el significado de que una extraña mujer con ropajes que no podría describir y de semblante inexpresivo se encuentre en frente mío, parada en el umbral de mi hogar.
Entendí que solo me quedaba algo por hacer, y lo hice.
Volví a entrar a casa y dirigí a Avilda las que serían mis últimas palabras pronunciadas en este lugar: palabras de despedida.
No puedo siquiera expresar la desolación que reflejaron sus ojos al escuchar decirle que debía irme y quizás no nos volveríamos a ver, pero tampoco podía quedarme a explicarlo… tarde o temprano tenemos que aceptar lo que nos deparan los acontecimientos por venir, incluso si esto es el fin de nuestra vida, como me está ocurriendo a mi ahora mientras cruzo por última vez el umbral de esta casa.
Dirijo una última mirada a quien fue una parte de mi durante toda mi existencia en este lugar a la misma vez que me marcho con quien me llevaría a mi nuevo hogar, sobre el cual ahora no les puedo decir nada ahora ni lo haré después, puesto que ese nuevo lugar cada quien debe conocerlo por cuenta propia cuando una mujer vestida de forma que no podrán describir vaya a visitarlos a su propia casa.
