sábado, 4 de abril de 2009

El Reflejo

Se encontraba ahí, mirando fijamente a la bestia a los ojos. Ojos inexpresivos, que amenazaban con dar pase a cualquier acción impredecible. El momento en que todo terminaría para él estaba a punto de llegar. Era cosa de un segundo. Pero en menos de un segundo pueden atravesar la mente muchos pensamientos. Como pasó con él, que estaba ahí tirado, con su costoso traje de terciopelo gris rasgado por una fuerte caída y cubierto de barro.

Por un instante repasó toda su vida. Sus acciones, sus logros, sus fracasos.

Vivió desde pequeño con todas las comodidades, en donde todo le era facilitado y sin el menor esfuerzo obtenía lo que quería. Y nunca cambió. Con el pasar del tiempo, fue inconciente del sufrimiento ajeno y nunca se puso en el lugar de sus empleados. ¿Cuántas miradas tristes, semblantes sollozantes rogando piedad, evadió mirando inexpresivamente hacia otro lado absorto en sus pensamientos de grandeza? Aunque él no lo admitiera tenía un combate interno, pero esa lucha nunca dejaba pasar un mínimo rastro de sensibilidad. A él le era indiferente todo, menos el dinero. Llego a arrebatar vidas y causar sufrimientos a los que hubiera sido preferible la muerte, pero nunca se preocupó de ello. En su interior de piedra, frío como el hielo, él tenía miedo.

Miedo de que alguien lo conociera, de que supieran que estaba vacío, puesto que nunca había encontrado el sentido de su vida y sufría por eso. Lo buscaba causando sufrimiento a los demás pensando que así tal vez encontraría la respuesta.

Pero ahora se encontraba ahí, vulnerable a la merced de aquella bestia. La miraba fijamente a los ojos aunque no podía describirlos. Solo supo que sería lo último que vería en su existencia sin respuesta.

Veía aquel animal como a cualquier otro. Un depredador que había matado a muchos más como él, haciéndolos sufrir quien sabe cuanto, importándole sólo la comida, pero nunca encontrando una forma de saciar su sed de respuestas, del por qué existía.

Ahora le atribuía características omnipotentes. Reconoció aquella bestia de pelaje gris como la encarnación del mal, y su mirada se torno triste, su semblante sollozante y rogó piedad. En ese momento entendió todo.

Ya no veía a una bestia, veía a un hombre caído, llevando un costoso traje de terciopelo gris, mirándole tristemente, con el semblante sollozante, rogándole piedad.

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