Hoy ha sido un día muy especial, considerando esta semana de días libres que he tenido y más aún tomando en cuenta los días que llevo habitando esta casa junto a mi compañera Avilda -un nombre bastante extraño a decir verdad, sobre el cual nunca le he preguntado ni tampoco me intriga saber su significado ni orígenes. Ella es alguien muy alegre y jamás podría reprocharle nada, pues realmente hemos pasado grandes momentos en el tiempo que llevamos conviviendo acá. Es una gran amiga.
Para ser franco, difícilmente hubiera imaginado esta mañana al levantarme que llegaría a encontrarme en la situación que me abarca ahora. Estoy seguro de que cualquier persona diría lo mismo… después de todo, es algo que solo se experimenta una vez. Pero para poder decirles como es que llegué a estas instancias es mejor relatarles todo desde el comienzo de este día tan especial para Avilda y yo.
En las primeras horas no hubo ningún indicio de que algo importante fuera ocurrir, o al menos dentro de lo que percatamos. Yo me levanté muy tarde pues he aprovechado de descansar en estos días libres, pero Avilda tuvo que ir a hacer algunas diligencias temprano. Yo sólo me quede en casa reflexionando sobre lo que haré en el futuro, pero ahora que lo pienso quizás eso no fue lo más adecuado. Pues bien, ya que mi rutina fue bastante aburrida y no tuvo ningún acontecimiento relevante relacionado con lo que es contaré, me centrare en los sucesos que rodearon a mi compañera.
Ella estaba de muy buen humor, como de costumbre. Tras ir a recoger unos documentos, se reunió con algunas amigas y conversaron un rato, luego fueron a almorzar juntas. Estoy seguro de que lo pasaron muy bien compartiendo entre todas –es un detalle que ahora importa mucho- y posteriormente cada quien continuo con sus tareas. Avilda, por su parte, tuvo que dirigirse hacia el centro de la ciudad a buscar algo a una florería. Como siempre, prefirió caminar pues la localidad en que vivimos no es muy grande y se puede hacer todo a pie. No sé por que habrá elegido la tienda más cara y transitada, pero francamente eso no importa ahora. Tras haber recogido las flores se disponía a volver a casa.
Como no tenía prisa comenzó a pasearse y mirar las distintas tiendas del sector. Siempre ha sido una costumbre suya, que no creo que habría por qué criticar. Aún así, si es que hoy se hubiera venido directamente quizás todo sería distinto… esto lo digo por que mientras caminaba por la transitada avenida, fue cuando vio a aquella persona que marcaría un hito en su existencia.
Avilda se quedó paralizada de horror cuando avistó a aquella mujer pálida como el brillo del acero, vestida totalmente de forma oscura -aunque ahora que lo pienso, quizás depende de la posición desde donde se la observe así que no podría asegurar como son sus ropajes- que la observaba desde la acera de enfrente, con una expresión fría y carente de emociones.
Ambas se reconocieron enseguida.
Lo primero que hizo Avilda fue comenzar a correr despavorida, sin importarle haber dejado tiradas las flores recién adquiridas ni sus pertenencias. Fue una actitud que sorprendió a todos los transeúntes que pasaban en ese momento, y sin duda ha sido la primera vez en que ella se comporta de ese modo, y quizás la última.
Al ver esto, la misteriosa mujer esbozó una imperceptible sonrisa y luego comenzó a caminar muy tranquilamente, segura de su dirección.
Mientras eso ocurría yo me encontraba en casa despreocupado de cualquier asunto, pues a estas alturas pensé que podría tomarme un descanso ya que me había esforzado mucho para llegar a mi posición. Además, si en ese momento hubiera sabido que ocurriría mas tarde tampoco podría haber hecho algo como para evitarlo, pues ya todo había tomado rumbo y la personas que influirían en los hechos venideros ya estaban alineados en sus roles.
Sin saberlo, cuando yo pasaba ese rato de ocio se aproximaba a grandes pasos la llegada de lo que tendría que aceptar momentos más tarde y cambiaría todo.
Avilda continuaba corriendo por la calle – más bien, huyendo- en un completo estado de pánico. Para ella cada segundo contaba, estaba totalmente enfocada en continuar en su dirección y nada podría haber hecho que se desvíe. Jamás la hubiera imaginado en un estado de tanta desesperación.
La misteriosa mujer que causó aquella reacción se encontraba en un estado completamente inverso: caminaba, algunas calles más atrás, con toda calma y aparentemente con el mismo rumbo que mi compañera. Parecía muy poco probable que estuviera siguiendo a alguien, y menos aún que la atraparía dada la diferencia de ritmos, pero la seguridad que manifestaban sus gestos y su andar no dejaban lugar a dudas de que era alguien que alcanzaba cualquier objetivo que se propusiera.
Esta situación (¿debo llamarla persecución?) se mantuvo por un rato en esta poco usual fresca tarde de verano.
Yo había perdido noción de que hora era, hasta que escuche el sonido del timbre de nuestra casa: en ese instante di un vistazo al reloj que tenemos colgado en la pared, y me llevé una gran sorpresa al percatarme de que era muy tarde como para que Avilda no haya llegado, por lo que pensé que habría pasado a casa de alguna de sus amigas y por lo tanto no llegaría hasta la noche.
El timbre volvió a sonar insistentemente… al parecer alguien tenía prisa y había perdido sus modales. Me dirigí con curiosidad a abrir la puerta esperando no encontrarme con alguna sorpresa desagradable, pero apenas giraron las bisagras entró alguien muy rápido que en primera instancia no me dio tiempo a reaccionar: era Avilda. Estaba totalmente pálida y jadeante, no cabía duda de que huía de alguien o algo que se avecinaba.
Entonces supe sin ninguna duda de que, sea lo que fuera lo que causaba el pánico en mi amiga, se encontraba en esos momentos tras mi espalda, cruzando el pequeño jardín ante la mirada atónita de Avilda por sobre mis hombros.
Ahí fue cuando me voltee, propenso a recibir una sorpresa que causaría quizás la misma reacción que en mi compañera. Pero no fue así… lo que mis ojos vieron era algo que no me impresionó en lo más mínimo: me sentí tranquilo. Pude recordar, en aquel preciso instante, todos los momentos que pasé con Avilda aquí en esta casa. Instancias maravillosas que nunca olvidaré, ahora que ya se que jamás se volverán a repetir al menos en este mismo lugar. No tengo ninguna duda de aquello, pues ya se cual es el significado de que una extraña mujer con ropajes que no podría describir y de semblante inexpresivo se encuentre en frente mío, parada en el umbral de mi hogar.
Entendí que solo me quedaba algo por hacer, y lo hice.
Volví a entrar a casa y dirigí a Avilda las que serían mis últimas palabras pronunciadas en este lugar: palabras de despedida.
No puedo siquiera expresar la desolación que reflejaron sus ojos al escuchar decirle que debía irme y quizás no nos volveríamos a ver, pero tampoco podía quedarme a explicarlo… tarde o temprano tenemos que aceptar lo que nos deparan los acontecimientos por venir, incluso si esto es el fin de nuestra vida, como me está ocurriendo a mi ahora mientras cruzo por última vez el umbral de esta casa.
Dirijo una última mirada a quien fue una parte de mi durante toda mi existencia en este lugar a la misma vez que me marcho con quien me llevaría a mi nuevo hogar, sobre el cual ahora no les puedo decir nada ahora ni lo haré después, puesto que ese nuevo lugar cada quien debe conocerlo por cuenta propia cuando una mujer vestida de forma que no podrán describir vaya a visitarlos a su propia casa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario