sábado, 4 de abril de 2009

La Súpica

Daniel y Oscar caminaban en aquella fría tarde de principios de septiembre mientras discutían posibles ideas para su proyecto de física en la escuela. Ambos eran muy ingeniosos y resaltaban por sobre sus compañeros de clases, y por lo demás conformaban un gran equipo de trabajo. Aparte de esto, eran amigos desde que podían recordar pues se criaron juntos habiendo sido vecinos durante toda su vida en las afueras de aquella pacífica ciudad.

A pesar de su inteligencia, a sus trece años muchos rasgos de la personalidad no estaban completamente desarrollados aún. Tal vez todas sus principales cualidades positivas seguirían acentuándose, pero no tenían el criterio completamente formado aún. Esto último es algo que quedó evidenciado de forma plena en los acontecimientos que ocurrieron posteriormente aquella tarde.

Caminaban por la calma vereda hacia sus hogares analizando las distintas opciones que tenían para trabajar, cuando algo llamó la atención de ambos e interrumpió su discusión: escucharon un grito de desesperación proveniente del lóbrego pasaje que recién habían pasado.
Su curiosidad no tuvo impedimentos para hacerlos ir a averiguar quién o qué profería el llamado.

Lo que vieron no fue sorprendente. Tampoco demasiado extraño en una gran ciudad como aquella. Ni siquiera era la primera vez que presenciaban algo así a pesar de la corta edad de ambos. Si embargo, lo que ocurrió en ese callejón marcó la vida de ambos para siempre.

Un hombre de mediana edad, estatura normal y corte de pelo bastante tradicional que llevaba una camisa bien cuidada de color celeste y pantalones azules, junto a mocasines en buen estado pero un tanto sucios, se encontraba apoyado contra la pared posterior del callejón.
Sus ropajes no denotaban pobreza y eran llevados con dignidad, además de conservar una higiene aceptable -al menos visiblemente- aunque tenía barba de un par de días.
Más aún el aspecto más sobresaliente del extraño era su expresión: en sus facciones denotaba gran desesperación, y así también era evidenciable por sus movimientos. Por lo demás nada llamaba la atención ni podría haber hecho pensar a alguien que aquel individuo clamaba desesperadamente por ayuda, a pesar de que no cabía duda de que fue él pues ni un otro ser viviente se veía en el pasaje.

Ante una persona en aquella situación las primeras reacciones son indudablemente de rechazo en base a las enseñanzas familiares y culturales: ese hombre podía ser un drogadicto, un psicópata o cualquier persona con malas intenciones. Mas esta última impresión no era respaldada por la expresión del hombre: a menos que haya sido un excelente actor, claramente se encontraba en una situación crítica.

Ahora que había visto a alguien venir comenzó a pedir desesperadamente ayuda. La suplica incomodó a los amigos, ya que ninguno sabía como actuar y obviamente el contraste entre los ropajes del hombre y su situación acentuaba el desconcierto de ambos.

El hombre seguía insistiendo, hablando de forma muy entrecortada. Dijo, dentro de lo que se le podía entender, que era un asunto de vida o muerte.

La poca elocuencia del desconocido acrecentaba la desconfianza de Oscar y Daniel... Al fin, el primero tomó la iniciativa y preguntó al extraño sobre su condición. Éste, muy inquieto, dijo que era perseguido por algo que no había hecho y que tenía que evitar ser encontrado. Su única opción era hacer un llamado a un contacto, por lo que necesitaba un teléfono... Mencionó también que no había comido en dos días, debido a que había deambulado por aquel apartado sector sin haber encontrado hasta ese momento ninguna casa ni nadie que haya podido ayudarlo.

Esta declaración desmotivó a los amigos y los hizo retroceder para marcharse. Ya cabían pocas dudas de que aquel hombre era un criminal que trataba de acarrearlos hacia algún mal asunto.

El extraño ya no sabía que hacer. Trató, esperando una respuesta favorable, de asegurarle a cada uno que no era una mala persona y no les haría daño. Manifestó que era entendible y natural que desconfíen de él, pero dijo que solo debían traerle algunas cosas y que jamás se arrepentirían de ello.

¿Era eso una amenaza, o solo la forma más sincera que tenía un hombre desesperado de manifestar la inocencia?

El desconocido, mientras Oscar y Daniel tomaban distancia, agregó:

-Lo único que hay que hacer por mí es traerme algo de comida y un teléfono para poder realizar una llamada. Juro que no soy un vagabundo y menos un ladrón… una vez que todo esto se aclare podré comprobarlo y jamás dejaré de agradecer la ayuda.

Los amigos se alejaron aún escuchando el eco de aquellas palabras, sin saber que éstas marcarían su relación para siempre.

Ambos se dirigieron a sus casas sin hablar, notablemente afectados por el incidente. Cada uno iba pensando en cómo reaccionar: por un lado Oscar analizaba que en estos casos siempre los desconocidos tienen alguna mala intención y tratan de engañar a gente como él, además de que le han enseñado que no debe hablar con extraños. Por el otro lado Daniel recapacitaba que el hombre, por extraña y sospechosa que fuera su situación, podía estar diciendo la verdad. En ese caso debería ayudarlo a pesar de lo que dijeran sus padres.

Los amigos llegaron a sus hogares. Ya era la hora de comer, por ende permanecieron allí. Sin embargo, uno de ellos salió unos momentos después pero esta vez llevando consigo algunos bultos… era Daniel, dirigiéndose de vuelta al oscuro callejón, apreciablemente muy inseguro.

Cuando el extraño lo vio regresar, lo recibió animosamente y agradeció que haya vuelto a ayudarle.
-No sabes la forma en que me vas a salvar. Estoy seguro de que ahora todo se arreglará, ya verás. Lo único que necesito es realizar una llamada… ¿me has traído un teléfono?

Daniel dudó un momento, luego sacó de su bolsillo el móvil que había adquirido hacía muy poco. Era un objeto que prácticamente no podía dejar de tener cualquier chico de su edad, una moda por decirlo así. A pesar de que a él no le gustaba seguir las tendencias de los demás, lo tenía para casos de emergencias. Daniel era una persona poco influenciable, y tomaba las decisiones en base a lo que él apreciaba al considerar las posibilidades. Si optaba por lo más correcto o no era algo que no siempre se podía comprobar, pero en este caso particular eso estaría por verse.

Le cedió su aparato al extraño y se apartó unos momentos dándole la espalda al hombre para que tuviera la privacidad que necesitaba. Si existía un momento ideal para arrancar y llevarse todo, ese era.

Al transcurrir unos momentos, volvió al sitio donde estaba el desconocido. Éste seguía ahí, pero esta vez con una expresión mucho más calmada que antes. En aquel instante le aseguró que ya estaba todo arreglado y pronto irían a recogerlo.

De hecho así fue, pero antes el extraño pudo comer algo de lo que le trajo a escondidas Daniel y le expresó que no tenía palabras para agradecer todo lo que había hecho por él.

He aquí que debo decirles como cambió mi vida aquella tarde. Descubrí que hay gente, como aquel niño, que es capaz de sobreponerse a los prejuicios y las imposiciones culturales para poder ponerse en el lugar del otro cuando ve que está en una situación que lo sobrepasa, como fue mi caso.
Por que siempre hay excepciones, y si tenemos eso en cuenta seremos capaces de reconocer las cosas que a veces escapan a la mentalidad común.

Daniel pudo cambiar mi vida y también la de él al ayudarme en aquella ocasión. Hoy, varios años después, puedo decir que aún le debo mucho.
Por cierto, como ya dije, al respecto de Oscar y la amistad de ambos, ésta ya nunca volvió a ser la misma. Ambos podían tener varios rasgos en común, pero en situaciones como la de aquel frío día de primavera es cuando se definen las diferencias.

Quizás deba ser más específico y aclarar que ambos, a pesar de vivir en el mismo barrió, habitaban también en la misma casa, la misma habitación, y de hecho convivían en la misma persona.

Sin embargo al final de aquel día solo uno de ellos seguía existiendo, y es con quien yo aún estoy en deuda.

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