viernes, 23 de abril de 2010

El Galpón

Aquel selecto grupo reunido no tenía idea de por qué había sido convocado bajo circunstancias tan especiales y de forma tan repentina. Nadie se conocía mutuamente pero cada quien tenía una alta imagen de sí mismo y sabían que de alguna forma eran especiales, y eso se denotaba en el exterior por lo que todos pudieron apreciar y percatarse de que no eran un simple conjunto de personas reunidas por casualidad.
Había una razón para ello.
Todas las mentes, especiales a su manera y con distintas formas de pensar, no podían irse de aquel lugar tan extraño sin antes saber la razón de su convocatoria y cerciorarse de que quizás estaban frente a uno de esos acontecimientos que solo ocurren una vez en la vida y la cambian completamente.
De pronto los ecos de los murmullos y cuchicheos fueron silenciándose, y la inquietud de todos ahí se incrementó y los llevó a un fuerte estado de expectación frente a la figura que comenzaba a aparecer por un rincón del enorme galpón en que estaban.
De alguna manera a todos los presentes la persona que recién había aparecido les resultó familiar, a pesar de que jamás la habían visto en su vida.
El enigmático personaje observó detenidamente a todos y cada uno de los allí reunidos, prolongando un momento de suspenso y silencio que nadie se atrevió a interrumpir. La escena era extraña, por decir lo menos.
Tras terminar su escrutinio su mirada se perdió en un punto fijo, como si estuviera meditando. Poco a poco los presentes comenzaron a darse cuenta de que ahora estaban sometidos a su voluntad, y ya no dependía de ellos el poder emitir alguna pregunta o queja o incluso abandonar el enorme almacén. El silencio, mezcla de armonía y tensión, era totalmente controlado por aquel que se encontraba al frente de todos los demás con su rostro indicando que pronto tomaría una resolución.
La expectación ahora era sometimiento, la curiosidad anhelo. Cada una de esas mentes, pese a su única postura frente a los acontecimientos y forma de ver los problemas, estaba consciente ahora de que solo habría un escogido.
Tres, cincuenta, setenta y dos, noventa y ocho… la cantidad de individuos ahora no importaba. Era completamente irrelevante. También lo es la infinita cantidad de galpones enormes como ese mismo en que se repite una y otra vez la misma escena: un enigmático personaje controlando todo y eligiendo a uno de los asistentes, quien sería su representación el exterior de aquel lugar.
A veces estos personajes se ven en la necesidad de convocar esa reunión más de una vez, pero siempre habrá una definitiva, en que una sola persona es elegida y los demás conforman un conjunto de anonimato.
Es en esa instancia cuando todo ese grupo vuelve a ser lo que era inicialmente: ideas y proyecciones de una forma de ser.

Cambiante

Tener que estar todos los días en la misma esquina debe ser un poco aburrido, por eso es comprensible que a veces se le vea tan enojado, y créanme, cuando está así es mejor no llevarle la contraria.
Sin embargo en otras ocasiones está más alegre y en esos casos no tienes de qué preocuparte, aunque deberías hacerlo si empieza a molestarse. .. Después de todo, su estado de ánimo es muy cambiante.
Qué se le va a hacer, así es la vida del monito del semáforo.

El Aventurero

La lluvia comenzaba a caer mientras la gente transitaba apresuradamente por las calles en un solo sentido. En una hazaña digna de admiración, un valiente se intentaba abrir paso entre la multitud.
Por un instante se sentó a tomar aliento en una banca y contempló la lejanía, donde vislumbró la imponente cordillera y sintió la lluvia refrescando su cansancio. Percibió también el revitalizante aroma de las flores y una sensación de bienestar de apoderó de él.
Pensó entonces que había encontrado el tesoro que buscaba: aquel instante de tranquilidad en las tierras de la incesante actividad.

Las Hojas

Las hojas caían de los otoñales árboles de la misma forma con que las personas paseaban por el parque: lentamente, contemplando el paisaje y sintiendo la verde tranquilidad que rodeaba aquel mundo al que se enfrentarían tras haber abandonado el amparo de su rama.
El joven dibujante, que con su croquera y lápiz buscaba inspiración, de pronto se detuvo cuando una hoja cayó cerca de él.
La contempló por unos instantes, y entonces fue como si el lápiz esbozara una sonrisa de felicidad en su melancólico rostro… había encontrado su alma gemela.

jueves, 4 de junio de 2009

Los Transeúntes

Es molesta aquella sensación en la cual constantemente se cree haber olvidado algo pero no se puede saber con exactitud qué cosa, pues uno no puede sentirse satisfecho hasta el instante en que responde su duda.

Es más irritante aún cuando aquello que no se recuerda parece ser realmente importante, pero no se cuenta con el tiempo para poder sentarse a pensar y recordar. Justamente ese malestar afectaba a Gabriel al empezar aquel frío día de Agosto.

Se levantó con particular malhumor, el cual atribuyó a aquella molesta sensación de olvido que era recurrente en él aunque jamás de una forma tan intensa como la de aquella mañana, en la que tenía la certeza de que su inquietud era mucho más trascendente que en otras ocasiones, como si su vida dependiera de ello.
Además, a esa sensación se le sumaba el hecho de que estaba retrasado y debía salir a cumplir algo.

Tras la habitual rutina, acelerada más que otras veces, se dispuso a salir de su casa lo más rápido que pudo. Al exterior parecía hacer bastante frío, por lo que antes tomó su abrigo. Sintió un impulso de llevar un bolígrafo con él, pues quizás lo fuera a necesitar en el lugar a donde se dirigía. Era un recorrido al que ya estaba habituado, por lo que se sabía de memoria el trayecto, que podía alcanzar a recorrer con paso acelerado y llegar a tiempo.

A medida que iba dejando atrás las calles de la ciudad en el cielo se fuero formando densas nubes grises a la vez que amenazaba con desatar en cualquier momento un torrente de gotas a quienes se atrevieran a salir de sus casas.

Por un momento se lamentó de no haber tomado un taxi o bus, pero cuando comenzó a llover se dio cuenta de que se sentía a gusto caminando en esas condiciones, y que después de todo no importaba en nada el estado en que llegara al lugar al que se dirigía, lo que de hecho no era normal, pero no se lo cuestionó en aquel instante, lo que era muy inusual en Gabriel.

Tras acelerar aún más el paso y voltear en una esquina hacia la avenida principal, se sorprendió al ver que por las calles circulaban mucho más transeúntes que en otras ocasiones, a pesar de la lluvia. Parecía no tener sentido, pues ni siquiera era un día laboral.

Sin embargo, unos instantes después se percató del hecho que hacía a la situación tan extraña.
Todas las personas se movían en sentido opuesto a él, como si estuvieran huyendo de algo que se encontraba justamente donde se dirigía. Excepto que no iban corriendo, ni siquiera a paso rápido. Caminaban con actitud calmada. Ninguna de aquellas personas llevaba paraguas, e iban mojándose ante la lluvia sin que esto aparentara preocuparles en absoluto… aún así lo que más impactó a Gabriel fue otra cosa: Todos los transeúntes lo estaban observando a él.

Cuando se dio cuenta de aquello, lo primero que pensó es que había algo malo con su apariencia. Luego descartó esa posibilidad, pues las personas no parecían reírse ni tampoco mostraban desprecio. Era algo muy distinto.

Inmediatamente pensó en que se relacionaba con aquella molesta sensación de olvido que lo acompañaba desde el despertar de aquel día.
Al pensar en ello se sintió más incomodo que nunca, pues de alguna forma la sensación se había intensificado. Ahora no solo era una contrariedad pasajera, ya que tuvo la certeza de que venía desde mucho antes, sin tener la certeza del origen de ella.

En aquel momento la extraña situación en la cual él era el eje de atención de todos quienes lo rodeaban simplemente lo sobrepasó: Gabriel no podía explicarse porqué estaba atrapado en aquella colosal red compuesta de miradas centradas en él. Éstas habían sacado a la superficie un sentimiento que parecía estar prisionero dentro de él desde hacía bastante tiempo y del que no se había percatado, pero en el momento de salir a la superficie lo pilló totalmente de sorpresa.

Pronto pudo darse cuenta de qué era ese sentimiento: un frío interior que jamás había sentido de manera tan intensa. Como mil lanzas de hielo que rozaban ligeramente la superficie de su piel sin lastimarla, que iban enfriando su cuerpo lentamente robándole el aliento de manera mucho más dolorosa.

Trató de buscar una explicación al devolver la mirada a las otras personas, encontrándose con que éstas no tenían una actitud hostil ni de desconfianza. De hecho, todos quienes lo rodeaban parecían estar tristes y a la vez tratando de comunicarle algo que no podían decir mediante palabras.

La desesperación aumentó cuando se dio cuenta de que no podía dejar de correr y poco a poco iba dejando a todos atrás. Trató de voltearse a preguntar quienes eran o por qué lo observaban así, pero fue inútil: por más que gritara no obtuvo palabra por respuesta. Los misteriosos transeúntes seguían caminando lentamente en dirección opuesta a él y sin hacer otra cosa más que girar la cabeza para observarlo por última vez antes de perderse de vista al doblar –curiosamente todos- en una de las tantas calles por las que él había pasado recién.

Llegó un instante en que Gabriel solo podía visualizar a unas pocas personas, todas ellas manteniendo la mirada de súplica y tristeza.

Antes de que el último grupo se perdiera de vista, transcurrió un ínfimo instante en el cual se percató de que una de las personas le resultaba familiar.
Tras unos instantes, pudo darse cuenta de que la sensación de familiaridad era común a todas las personas de aquel último grupo de gente visible en la inmensidad del asfalto.

A su mente afluyeron varias imágenes en las que se veía a si mismo con todos aquellos transeúntes que habían pasado en distintas situaciones, todas ellas de alguna u otra forma agradables o de gran significancia para él.
No tardó en percatarse de que estaba desempolvando los recuerdos que había guardado en lo más recóndito de su memoria, el cual no exploraba hacía años.

Fue entonces cuando entendió todo.

El impacto de la revelación le hizo perder el equilibrio… no pudo evitar precipitarse en el piso resbaladizo, por lo que cayó de bruces y con gran estrépito sobre un charco en la acera.

Quedó completamente empapado, pero en aquel instante eso estaba lejos de importarle, puesto que por su mente cruzaba una preocupación mucho mayor: se había dado cuenta de que todas las personas que había visto pasar hacía unos momentos eran las mismas que lo habían acompañado en momentos significativos de su vida, y con quienes había formado fuertes lazos que el tiempo se había encargado de desgastar hasta el extremo, puesto que con todas había perdido el contacto hacía años.
Era obvio entonces el sentimiento de familiaridad: aquellos transeúntes habían sido importantes en distintas etapas de su vida, sin embargo ahora estaban a punto adentrarse en una lóbrega callejuela que los conduciría al olvido definitivo.

Su situación no podía ser más simbólica: se encontraba tirado en el piso, completamente empapado, arrepentido de que el curso de las cosas lo hayan llevado a alejarse completamente de todos aquellos quienes le habían importado. Parecía que ya no podía caer más bajo, como si el camino de aislamiento que había tomado ya no tuviera vuelta atrás. El centrarse demasiado en las obligaciones y dejar de intentar entablar conversaciones con los demás, sin preocuparse por ellos, finalmente lo habían llevado a aquel nefasto estado.

Para cuando se hubo recobrado, se dio cuenta de que ya había llegado a su destino. En ningún momento desde que había cruzado la puerta de su casa se cuestionó hacia donde se dirigía: lo sabía intuitivamente, cada paso que daba lo guiaba de manera inconciente al lugar donde se encontraba ahora, así como a su situación de absoluta desolación.

Analizó el entorno que lo rodeaba: todo parecía normal. La lluvia continuaba, solo que parecía haber aumentado en intensidad tal como la sensación de culpa de Gabriel. La visibilidad era escasa por los grandes nubarrones grises en el cielo, pero pudo ubicarse cerca de un faro del alumbrado público próxima a una bifurcación de la acera.

Ubicó un sitio donde poder sentarse al resguardo de la lluvia. Sabía que en ese momento se encontraba totalmente perdido, no solo geográficamente sino que también en su conciencia.
Parecían no quedar posibilidades de poder recuperar todas las amistades que había entablado en su vida y había perdido con el paso del tiempo, llevando su vida centrada en obligaciones y trivialidades sin darse el tiempo para seguir pendiente de aquellos lazos que había sembrado con el tiempo, y que parecían ahora estar para siempre marchitos.

Al estar pensando lo que haría a continuación para salir del estado en que se encontraba, tardó en percatarse de que a un escaso palmo de distancia de él había un pequeño cuadernillo que había alcanzado a salvarse del aguacero y aún parecía servir.
Tenía todas sus páginas en blanco, como si alguien lo hubiera desechado sin siquiera abrirlo ni escribir una mínima línea. La idea de que aquella libreta estaba ahí esperando su llegada le pareció bastante descabellada a Gabriel, pero de alguna forma comenzó a creerla como única respuesta a su hallazgo.

En el momento en que observó las paginas en blanco éstas parecían agradecerle el haberlas rescatado del inminente paso del agua, y de alguna manera le pedían que las acariciara con la suavidad de la tinta. Sintió un incontrolable impulso de escribir sobre aquellas páginas. Sacó el bolígrafo que se había echado en el bolsillo del abrigo sin saber por qué al momento de salir, y al momento de plasmar la primera frase -Los Transeúntes- se dio cuenta de qué era lo que debía hacer y por qué precisamente en aquel lugar.

Estaba ahí para escribir la historia de como había llegado a encontrarse empapado de soledad y aislamiento, dejando atrás los últimos vestigios de relaciones humanas que había en su vida. Todo eso se debía al ritmo de vida que había seguido, quizás sin la intención pero tampoco percatándose del oscuro camino que tomaba, así como también del hecho de que se había rendido a la hora de poder comunicarse con los demás, pensando que quizás sin las palabras pero con las expresiones pudiera decir que aún era el mismo.
Pero fue un tonto al creer en que solo las intenciones cuentan, puesto que no sirven de nada si es que los demás no pueden darse cuenta de ellas al no existir ningún contacto.

Estuvo largo rato escribiendo, pensando en cada palabra, dándose cuenta de que no debía ser el protagonista de su historia, puesto que ya había pensado demasiado en sí mismo. Debía escribir desde otra perspectiva, poniéndose en el lugar de todos aquellos a quienes había defraudado.
Una vez hubo llegado al punto en que expresó todo su arrepentimiento y tristeza por su situación se quedó un largo rato sentado donde mismo, apenas librándose de las gotas que caían a su alrededor y pensando en qué haría a continuación.

Las opciones eran bastante reducidas: podía seguir sentado ahí hasta desmayarse por el frío o continuar por uno de los dos caminos de la bifurcación. Uno de los caminos pasaba por un barrio muy peligroso y no conducía a ninguna parte. La otra extensión jamás la había recorrido… aunque de alguna manera parecía conocerla intuitivamente.

Tras observar sus opciones se dio cuenta de que no tenía nada que perder, puesto que ya no podía caer más bajo. Tomaría el camino desconocido, puesto que quizás lo llevaría a algún lugar en el que de alguna forma podría sentirse mejor.

Al momento de doblar la esquina fue cuando Gabriel…o más bien dicho, yo, pude percatarme de que aún existía una remota posibilidad de recuperar todo lo perdido, aunque no sería fácil.

La calle por la que ahora circulaba me llevaría directamente a aquella a la que habían doblado todos los transeúntes que minutos antes me habían clavado lanzas de hielo, y en la que podría reencontrarme con ellos.

En ese momento no podía correr, puesto que la caída me había dejado los pies adoloridos, pero comprendí que de todos modos no hubiera servido de nada, puesto que no debía apresurarme.

Aún podía volver a hablar con todas aquellas personas que dejé de lado y que se preocuparon por mí, las cuales hicieron un último intento de no perderme al ir a buscarme en la calle a la que yo estaba decidido a nunca más volver.

Esta vez ya tenía claro lo que debía hacer, además de que solo dependía de mi iniciativa.

Volvería a sembrar los vínculos de todas las relaciones que me acompañarían por el resto de mi vida, tratando de volver a aquel lugar olvidado del que me aparté, pero que ahora recuerdo. Por fin se ha esfumado la molesta sensación con la que empecé el día, o más bien con la que tomé la calle de la que durante varios años no salí.

El lugar al que ahora quiero volver es el único en que me he sentido verdaderamente a gusto en mi vida, solo que en él no estaba solo, sino que con todas las personas con quienes me crucé hoy, y a las que recordaré por siempre puesto que ahora he escrito sus nombres con la tinta del arrepentimiento en la libreta que ahora llevo bajo mi abrigo.

Ejecución

El misterioso personaje que caminaba como si llevara un gran peso consigo dio la vuelta a la esquina y se detuvo a observar su entorno.

Tras asegurarse de que estaba solo, llevó a cabo la difícil decisión que había tomado y asesinó a su sombra arrojándola a las fauces del único farol en funcionamiento.

Luego, sumido en plena oscuridad, emprendió la huida a paso ligero sabiendo por dentro que estaba libre de culpa y que en este caso el fin justificaba los medios.

lunes, 13 de abril de 2009

Persecución

Hasta hace poco, cada día sentía que estaba siendo seguido por alguien o por algo tras mi espalda. A veces me volteaba esperando corroborar mis sospechas, pero jamás veía nada que escapara a la monotonía de mi andar cotidiano.
Sin embargo, casi por casualidad me he llegado a encontrar con mi perseguidor. Al momento de hacerle frente pude entender muchas cosas. Me di cuenta de que lo importante no era finalmente saber su identidad, sino que el significado de la persecución.
Para poder explicar esto tengo que remontarme a los comienzos de aquella sensación.

Los primeros indicios surgieron en esos días en que comencé a ir al parque en las mañanas cada vez que tenía tiempo libre. No iba a jugar con los otros niños, aunque de vez en cuando los observaba sin tratar de integrarme sino más bien de entender su actitud. A decir verdad, en cambio yo prefería estar sentado bajo los árboles viendo como ocurrían las cosas.

En una ocasión me percaté en un sector apartado del parque de un par de hombres de avanzada edad que parecían prestar excesiva atención a un tablero con cuadros y muy adornado apoyado en una mesa frente a la que estaban sentados. Tras acercarme, pude apreciar que movían unas piezas en él, cada uno a la vez con una concentración y dedicación impresionante. Eso captó mi atención más que ninguna otra cosa: ver como toda pieza tenía una razón de estar en ese tablero y lo importante de que no faltara ninguna así como la relevancia de cada jugada. Aquella idea jamás abandonó mi mente.

Aquel día, y en los que lo siguieron, yo simplemente me dedicaba a observar la forma en que aquellos dos hombres jugaban el ajedrez –como aprendí más tarde que se llamaba- tratando de entender la importancia que le daban a cada pieza, a medida que mientras comenzaban a surgir pensamientos que marcarían mi forma de entender el mundo, atrás de mí una nueva sombra parecía ser proyectada por algo que no podía ver, naciendo en mí de esa forma la sospecha de que estaba siendo seguido.

Ir al parque y observar el movimiento de las piezas tratando de averiguar por me llamaba tanto la atención aquel juego comenzó a tomar mayor parte de mi tiempo. Nunca quise jugar, simplemente me dedicaba a ver desde afuera como un espectador, algo a lo que estaba acostumbrado.

Posteriormente comencé a analizar el mundo que me rodeaba de igual manera que aquel tablero: en los lugares donde estudié yo solo me limitaba a observar externamente la forma en que se comportaban los demás, sin cuestionarme a mi mismo por qué hacía eso.
Mis compañeros –y en general todas las personas- eran como piezas en un tablero, movidas por manos invisibles.

Ahora puedo decir que incluso en mi propia historia yo soy un personaje secundario. El verdadero protagonista es aquel ser que siempre estuvo ahí oculto en las sombras, y a quien yo nunca pude descubrir.

Fue inevitable mantener mi actitud, por un lado por que simplemente es una parte de mi ser desde que nací, y nunca me cuestione si era algo bueno o malo, simplemente era diferente: no encajaba en el mundo de los demás, pero eso no me aproblemaba ni me llenaba de rencor. Es decir, no sufría por ser así, como puede ser pensado comúnmente.

Así que simplemente fui consolidando mis habilidades para observar y analizar las cosas, y llegue a ser bastante bueno en eso.

Dedicándome a aquello es como conseguí empleo en un sitio donde confeccionan esencialmente objetos para obsequiar, bastantes inútiles si no fuera por que de alguna forma tienen un gran valor sentimental para las personas, exactamente como ocurre conmigo ya que también fabrican de aquellos mismos tableros de ajedrez tan especiales que marcaron mi forma de ser cuando en mi infancia.

Esos tableros son los mismos que debo observar ahora en mi trabajo, entre otras cosas. Básicamente lo que debo hacer es preocuparme de que no tengan fallas y todos resulten bien armados con sus piezas correspondientes. Es algo bastante simple, que no mencionaría si no fuera por el hecho de que gracias a hacer esto es como pude ver por primera y última vez al que fue mi perseguidor durante gran parte de mis años previos, y al único ser que nunca encontrar a pesar de que lo mejor que se me da es ver y analizar cada detalle.

La forma en que pude encontrarlo fue la que menos me había esperado: una de las cosas que debo hacer, como dije, es verificar que todos los objetos resulten como se supone que deben ser. Lo mas importante es verificar que estén todos los componentes donde y cómo deben ir. Dentro de las fallas que pueden surgir, lo más común es que falte alguna pieza, pero ni siquiera eso ocurre muy a menudo… Sin embargo ayer me topé con un caso único que nunca me había ocurrido: Encontré un tablero de ajedrez con una pieza de sobra… En aquel mismo instante me di cuenta que algo tan simple representaba perfectamente mi vida.

A mi mente confluyeron varios recuerdos, como la reacción que tenían los hombres del parque cuando no encontraban una pieza: no podían quedarse tranquilos hasta que apareciera, y realmente parecían alterados cuando tardaban en hallarla. O también como en todos los grupos de personas que me dediqué a observar siempre había alguien que desempeñaba una función, como el líder o el que hacía reír a los demás… en fin, la importancia que tenía cada persona dentro del conjunto era evidente, y si una de ellas no estaba entonces el grupo no estaba completo.
De igual manera ocurre con el tablero de ajedrez. Sin embargo, nunca me había cuestionado otro aspecto, y que ha sido sin duda el más relacionado con mi vida: Los casos en que hay piezas sobrantes. A nadie le importa eso, puesto que si el conjunto tiene todos los elementos que necesita, no le influye en nada tener otros de sobra.

Tras pensar todo lo anterior me di cuenta de que yo, en el tablero de la humanidad, era una pieza sobrante. De esa forma es como supe finalmente qué era aquello me había estado siguiendo toda mi vida… y no era una persona misteriosa o alguien de quién hubiera sospechado, sino que era una pregunta. Una pregunta de la cual siempre había tenido en mi mente el cuestionamiento, pero nunca había podido formular, a pesar de que es tan simple como… ¿Qué se hace con una pieza sobrante?

Lo que es realmente curioso es como toda mi forma de ser se reduce a aquella simple interrogante. Durante toda mi vida fui un observador y me mantuve al margen, pero en ningún momento me cuestioné por qué o hacía. Es decir, nunca me hice preguntas sobre quien realmente soy, y jamás pensé en el hecho de que quizás yo también tenía una función que desempeñar en el tablero de la humanidad. Pero ahora, al mismo tiempo que reflexiono sobre eso, la respuesta viene a mi de inmediato: Soy una pieza sobrante por que nunca me hice preguntas sobre mi mismo, y eso es lo que me diferenciaba y apartaba de los demás.
En este momento, en el cual he podido llegar a cuestionarme quien soy, quizás entro a ser parte de una u otra forma de aquel tablero manipulado por manos invisibles del que me había apartado...Todo se reduce al hecho de que lo importante no es buscar las respuestas a todas las preguntas, sino que jamás dejar de formularse interrogantes.

Así es que incluso aunque pueda saber la identidad de mi perseguidor, no significa que conozca de donde viene ni por que me sigue.

Después de todo, es poco probable que tengamos tiempo para poder saber todo eso, puesto que todos hemos sido seguidos alguna vez por algo que no hemos podido ver a pesar de todos los intentos.